Explotar a los animales: una protesta filosófica.

Christine Korsgaard (profesora de filosofía en la Harvard University). El texto original fue publicado en la AV Magazine Otoño de 2009 y puede ser consultado en línea en la siguiente dirección: http://www.people.fas.harvard.edu/~korsgaar/CMK.Exploiting.Animals.pdf  

Traducción de Samuel León Martínez.

Nuestras actitudes y prácticas éticas humanitarias respecto a los otros animales muestran una curiosa inestabilidad. Por un lado, la mayoría de las personas creen que es incorrecto infligir sufrimiento o matar a un animal no-humano por una razón trivial. Por otro lado, tradicionalmente nos hemos sentido libres para hacer uso de ellos en nuestros propósitos, y los hemos tratado y usado de cualquier manera, o si obstaculizan nuestros fines ha sido una condición suficiente para herirlos o matarlos.

Matamos a los animales y algunas veces les causamos dolor, debido a que queremos comerlos, o porque podemos hacer productos útiles con ellos, o porque podemos aprender experimentando en ellos, y también por que ellos interfieren en la agricultura o la jardinería, o son considerados plagas en otras circunstancias. También los matamos y les infligimos dolor por deporte como en la cacería cacería, la pesca, pelea de gallos, pelea de perros y corridas de toros. Incluso los hemos matado a pesar de que han realizado un trabajo valioso para nosotros, y ahora han vivido más allá de su utilidad y nos están costando dinero.

¿Qué, en todo caso, puede justificar la manera en que tratamos a los otros animales? ¿Qué nos da el derecho de herirlos o matarlos? ¿Y qué nos da el derecho de tratarlos como meros medios u obstáculos para los fines humanos?

Desde la Ilustración hasta nuestro presente, el estudio de la ética ha sido dominado por dos grandes tradiciones filosóficas. Aquellos que en la tradición Utilitarista, originada en el trabajo de Jeremy Bentham [1] a finales del siglo dieciocho y John Stuart Mill [2] en el siglo diecinueve, creían que la acción correcta es la que hace el mayor bien, donde “hacer el mayor bien” incluye de manera importante, sino exclusivamente, maximizar la cantidad de felicidad y placer y minimizar la cantidad de miseria y dolor en el mundo. Como era de esperar, los filósofos en la tradición utilitarista han sido los paladines de extender nuestra consideración moral hacia los otros animales, y han realizado trabajo importante en el mundo para promover esa causa.[3] Si el objetivo de una conducta moral es el maximizar la felicidad y minimizar la miseria, seguramente no hay razón para que no debamos incluir los placeres y dolores de los otros animales cuando hagamos la cuenta de las consecuencias de nuestros actos. Los utilitaristas han argumentado que mucho del sufrimiento que infligimos en los animales cuando hacemos uso de ellos para nuestros propios propósitos no es necesario y es incorrecto de acuerdo a su estándar. ¿Por deberíamos tener el derecho de usarlos?

Aquellos en una tradición previa, derivada del trabajo de Immanuel Kant en el siglo XVIII, argumentan desde una concepción muy diferente lo que es moralmente necesario de nosotros y por qué. En el centro de la ética kantiana reside la idea de que cada ser humano es “un fin en sí mismo” que nunca será explotado como un simple medio para los fines de otra persona. La idea ha hachando raíces en nuestra cultura moral: el “¡solo estás usándome!” se ha convertido en una de nuestras más familiares formas de protesta moral. Qué cada uno de nosotros necesariamente se considera como un fin en sí mismo –dice Kant- es patente en el simple hecho de que elegimos perseguir las cosas que consideramos son buenas para nosotros como si fueran absolutamente buenas. Tratamos a nuestro propio bien y el de nuestros seres queridos como algo objetivamente valioso, como algo que tiene una razón para perseguirlo. También exigimos a los otros que deberían respetar nuestro derecho a perseguir nuestro bien, consistentemente como un derecho para todos, y que ellos deberían estar dispuestos a ayudarnos cuando estemos en necesidad. Es como si cada uno de nosotros se dijera a sí mismo “Las cosas que me afectan son importantes, porque yo importo; lo que me pasa importa, porque yo soy importante”. Entonces, viendo que los otros están en la misma posición que nosotros, acordamos la misma consideración moral para ellos.

¿Deberíamos también tratar a los otros animales como fines en sí mismos? Antes de responder a esa pregunta, debemos formular otra, la cual es sobre si es posible para nosotros hacer eso. El mandato de Kant nos prohíbe usar a los otros como “simples” medios, no que no usemos a los otros para nada. Los seres humanos se usan unos a otros como medios, en el entendido de que aprovechamos de nuestros servicios todo el tiempo. De acuerdo a Kant, lo que diferencia de explotar a alguien como un “simple” medio, y usarlo como me un medio de forma en que es moralmente permisible, es teniendo su consentimiento informado y sin coerción. Servimos a los intereses de los otros, dando nuestro consentimiento, por motivos como la ganancia, el amor, la amistad o un espíritu general de cooperación. Por los otros animales no pueden darnos su consentimiento informado y sin coerción.

Pero esto difícilmente puede significar que no tengamos opción más que la de explotarlos. Aún podemos interactuar con ellos en maneras en las que pensemos que podrían consentir si pudiesen, en formas mutuamente benéficas y equitativas. ¿Qué podría permitimos ello? Si los proveemos de condiciones confortables para vivir, en las cuales ellos sean capaces de llevar algo razonablemente parecido a su propio tipo de vida, su uso como animales de compañía puede probablemente ser justificado. Es posible que su uso como auxiliares para los minusválidos y la policía, como trabajadores en búsqueda y rescate, guardianes, podrían también justificarse, si dichas tareas pueden ser llevadas a cabo de manera compatible con una vida confortable y natural. Sobre si pueden consentir el proveernos de lana, productos lácteos o huevos, dependerá de si hay métodos para recolectar esos productos que son genuinamente compatibles con una forma de vida normal y feliz para los animales. La agricultura industrial viola esa condición de una manera escandalosa, y debemos al menos preguntarnos si existe un modo de agricultura que no lo haga. Pero la cacería por deporte, asesinarlos para que nos sirvan como alimento, o someterlos a experimentos dolorosos, no son cosas que no podemos plausiblemente decir que daríamos nuestro consentimiento si pudiéramos.
 

 Asumir que podemos hacerlo, ¿deberíamos tratar a los otros animales como fines en sí mismos? Kant piensa que la considerabilidad moral propiamente se limitaba a los seres racionales, quienes están en una posición para exigir respeto el uno del otro. Pero lo que ello deja afuera, es que lo que exigimos, cuando exigimos respeto el uno del otro,  nuestras preocupaciones naturales (natural concerns)– los objetos de nuestros deseos naturales e intereses y afectos- se les conceda el estatus de valores objetivos, valores que deben ser respetados tanto como sea posible por los otros. Y muchas de esas preocupaciones naturales (natural concerns) – el deseo de evitar el dolor es un ejemplo obvio- brotan de nuestra naturaleza animal, no de nuestra naturaleza racional, y son preocupaciones que compartimos con los otros animales. Por lo tanto, mientras que nuestra naturaleza racional es la que nos permite valorarnos como fines en sí mismos, lo que valoramos, lo que tomamos en cuenta para ser un fin en sí mismo, incluye nuestra naturaleza animal, como también nuestra naturaleza racional.

Existe una manera más general, y quizá más controversial de establecer este punto. Somos animales, que hemos evolucionado en este planeta con otras especies. Como todo animal, tenemos ciertos deseos e intereses que nos han sido dados por nuestra naturaleza, como también los que hemos desarrollado a través de nuestra cultura y educación. Como cada animal, perseguimos la satisfacción de nuestros deseos e intereses y aquellos de nuestros seres amados, como si se tratase de un asunto urgente. A diferencia de los otros animales, hacemos esto de manera consciente y por nuestra propia libre elección. Nosotros no simplemente perseguimos el cumplimiento de nuestros intereses; conscientemente valoramos el cumplimiento de nuestros intereses, y exigimos que otros lo hagan también. Los otros animales –así lo creo-, no lo hacen. Aún así, ellos persiguen sus propios intereses como un asunto urgente, porque esa la propia naturaleza de un animal hacerlo. Eso es, en cierta forma, lo que un animal esencialmente es, un ser que activamente persigue su propia salud y supervivencia, y de varias maneras, las de su descendencia. En esa medida, los otros animales están en la misma posición que nosotros: son seres animados, con una preocupación urgente, dada por naturaleza, para cuidar de sus propios intereses y los intereses de aquellos con los que están apegados. Esa preocupación natural es el origen de todo valor: existen cosas en este mundo que son buenas y malas, precisamente porque existen criaturas para quienes las cosas pueden ser buenas o malas. Aquellos que comparten la preocupación natural por ellos mismos y sus familias, por consiguiente comparten la característica de nuestra naturaleza por la cual nosotros demandamos respeto. Ellos, como nosotros, son seres para quienes las cosas pueden ser buenas o malas. Los otros animales, por consiguiente, tienen una exigencia tanto a nuestra razón como a nuestros sentimientos de solidaridad. Debemos por lo tanto respetarlos como fines en sí mismos.

Referencias.

[1] Bentham, Jeremy. (1789).An introduction to the principles of Morals and Legislation. (J. H. Burns and H. L. A. Hart, eds.) Oxford University Press, 1996.

[2] Mill, John Stuart. (1861). Utilitarianism. (George Sher, Ed.). Oxford University Press, 1996. 

[3] la inmensa influencia de Animal Liberation (1st ed. 1975, Nueva York, Harper-Collins) de Peter Singer, es un ejemplo de ello

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