En defensa de los animales. Pt2.

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La humillación de los animales no es más tolerable que la de las personas. Al igual que hace más de un siglo, siguen exhibiéndose seriales, pumas y tigres que son muertos vivientes. Están desesperados, pero sobre todo, desolados.
Philippe Diolé.

Dada la más reciente noticia sobre la injustificada muerte Harambe, en esta entrada abordaremos la reflexión que hace Riccard con respecto a los zoológicos. Bajo el título de: “¿Son los zoológicos prisiones convertidas en espectáculos o arcas de Noé?”, el autor se dispone a explicar el origen de los zoológicos y a cuestionar la situación actual de los mismos.

Sabemos, por ejemplo que durante el colonialismo los zoológicos servían de salas de exhibición no solo de animales “raros”, sino también de humanos “exóticos”, y ante estos términos un tanto peyorativos no cuesta trabajo adivinar que su función era divertir a niños y despertar la curiosidad de los adultos. En principio, este fin, se sigue respetando.

Gracias a la investigación realizada por Éric Baratay, sabemos de los métodos crueles de captura y el precio en término de vida de los animales, de la exhibición de los mismos en estos lugares: “Habría que calcular diez animales muertos por cada animal expuesto”, considerando por supuesto todo el cruento proceso: captura, traslado y fallido periodo de adaptación a un nuevo hábitat (muchas veces en precarias condiciones). Con estos conocimientos en 1974, Diolé aseguró que el 70% de los zoológicos existentes deberían suprimirse y a la fecha, el porcentaje no ha de haber variado mucho, basta darse una vuelta por estos terribles sitios para ver en los animales conductas atípicas fruto de su encarcelamiento, por lo que Riccard los nombra como “siniestros cementerios” en los que habitan muertos vivientes.

Y aunque habrá que reconocerse que existen contadas excepciones, cabe preguntarse si la vida en cautiverio es compensada bajo un lema de “conservación”, puesto que “desde la década de los 90, resulta evidente que el número de especies en vías de extinción ha superado de largo la capacidad que ofrecen los zoológicos para preservarlas en cautividad”, además, de que aún cumpliendo las condiciones físicas suficientes, resta cuestionar la calidad de vida que ellos tienen y por supuesto, todo el personal que tendría que estar capacitado para ofrecerles a los demás animales una vida, por lo menos, segura.

Si ante una emergencia, un intento suicida a la jaula de los leones (u otro gran felino) y una evidente negligencia paterna, la vida de los animales es prescindible, se pone en tela de juicio, de manera clara que el presupuesto de “conservación” es tan solo una fachada para perpetuar la comercialización de sus vidas.

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