Eutanasia

Por César Augusto Moreno Díaz e Iván Salazar Tornez

El debate sobre la eutanasia es difícilmente reducible a unos pocos elementos. Inciden en él, aunque sea indirectamente, consideraciones acerca de la vida y del mundo. Estas consideraciones tienen influencia por supuesto, en todos los debates, aunque en el nuestro, lo hacen, quizás, con mayor intensidad.

eutanasia1.jpgDel término eutanasia, en su acepción histórica predominante, se afirma que se trata de un neologismo, formado a partir de los términos griegos Eu (buena) y Thanatos (muerte) mencionados por el filósofo Francis Bacon en 1622 en su obra Historia Vine et Mortis[1]. En ella se incorpora el término para referirse al homicidio compasivo de quien sufre graves dolores, homicidio que entraría dentro de las actividades médicas.

Por otra parte el actual catalogo posible de definiciones de eutanasia es muy extenso. Entre todas ellas, resulta imposible encontrar una definición común, aceptable para todos y que no sea valorativa. Al menos, que no califique en su descripción opciones sobre el tipo de agentes, las condiciones objetivas del paciente, la justificación del acto, el peso de la voluntariedad o el método aceptable de ejecución. Todos esto factores son valoraciones que nos vemos obligados a determinar al tratar de definir la eutanasia.

La definición más amplia se referiría a la eutanasia como el intencional acortamiento de la vida. Es decir incluiría todo acto que no solo en la intención sino que además previese el acortamiento de la vida y es aquí donde entra la principal controversia respecto al tema, debido a las diferentes cuestiones citadas desde distintas perspectivas: sociológica, filosófica, ética, teológica, psicológica, medica, psiquiátrica, jurídica y penal, en donde la mayoría de las tesis se inclinan en el pensar que la vida es un valor absoluto; que la vida no debe ligarse con calidad de vida, y que, aun cuando esta calidad se degrada más allá de ciertos límites, uno no tiene derecho a dimitir, el derecho a una muerte digna, a una muerte sin dolor y sin angustia.

images-1 Al hablar de eutanasia, obligatoriamente, tienen que conjugarse dos voluntades, la del paciente y la del asistente o asistentes. Por lo tanto, si ya lo tenía difícil con su estado, su impotencia personal para llevarlo a cabo, las leyes y los dogmas; a ello se suma esa otra dificultad de tener que contar con un cómplice o cómplices, con todo los problemas que además ello acarrea para estas personas. Lo que nos lleva al debate que si una persona, afectados y asistentes, perfectamente conscientes de sus actos toman tan difícil decisión, después de que los dictámenes médicos y demás síntomas aconsejen que lo mejor para el paciente es morir lo más dignamente posible ¿que tendrían que decidir las leyes humanas y divinas al respecto? ¿Deben llevar la contraria a esos dictámenes y voluntades?

 Desde este punto, en una cuestión filosófica y no dogmática, consideramos que la eutanasia es más un problema abordable desde la filosofía que desde otras perspectivas como el dogmatismo religioso, en donde cualquier reflexión realizada no debiera olvidar la importancia de la libertad y la búsqueda del bienestar humano. La lucha a favor de la eutanasia que no es más que la lucha por las libertades y la benevolencia.

A este respecto, suscribimos totalmente la cita de John Stuart Mill y, especialmente, todo lo que emana o deriva de la misma: “Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, el individuo es soberano[2]“. Esta máxima, debería tener la misma difusión, trascendencia y asimilación entre la población que otras más famosas como “pienso luego existo” o “amaos los unos a los otros”. Lo que pasa es que Mill no resulta tan conocido ni seguido; lo que no quita que su concepto y filosofía sobre la vida de las personas, y más concretamente esta cita comentada, resulten menos validas o importantes que estas otras. En pocas palabras considera inadmisible que cuestiones morales o religiosas puedan tener una mayor fuerza que las propias y personales.

Con todo ello, podemos mencionar, que la eutanasia, lejos de parecer una barbaridad o algo que deba prohibirse, rechazar o descalificar, responde sin embargo a la mayor ley de todas, por encima de las del hombre o de la de los dioses, que es la propiedad de la vida.

Las cuestiones morales religiosas, por bienintencionadas que sean, parten de este supuesto anti ilustrado que comparten con algunos autores como Kant y por lo tanto pueden aceptar si acaso una eutanasia pasiva en la que se deja actuar a la naturaleza libremente, pero no una eutanasia activa que suponga la intervención directa sobre lo natural, que solo le es permitida al autor del universo.

imagesPor lo que, la cuestión que se plantea en torno a la eutanasia es una cuestión relativa a la prioridad de valores y la dependencia o independencia del ser humano al respecto a algún ser superior desde esta perspectiva. Es decir, la cuestión de la eutanasia rebasa los propios límites de su problematicidad, para situarse en el comienzo de una reflexión filosófica que abarca los temas centrales de la ética, preguntándonos acerca de ¿Qué es el ser humano? ¿Cuáles son los límites de su libertad? ¿En qué medida su bienestar es lo único que cuenta? ¿Hasta qué punto se interrelacionan su libertad y su bienestar?

Así la eutanasia, desde una ética de las libertades, como es por ejemplo la de Dworkin, quien conjuga libertad e igualdad, aparece como un derecho inalienable de todos los seres humanos, puesto que, como Mill estableció con su principio del daño ” La única finalidad por el cual el poder puede, con todo derecho, ser ejercido sobre un miembro de la sociedad civilizada contra su voluntad, es evitar que perjudique la de los demás”[3]. Es evidente que al suprimir la vida de un enfermo terminal no suele causar daño a los demás. Por lo tanto no podría existir un límite ante esta libertad.

Aunque hay que admitir que la defensa del derecho a la eutanasia podría llevarnos a actitudes hipócritas e insensibles, podemos erradicarlo. No es suficiente con hablar de libertad sino que hay que procurar al tiempo, los medios para que dicha libertad sea posible. Todo el mundo debe contar con el tipo de asistencia médica que alivie o mitigue sus dolores y ese es un compromiso que se empareja con el compromiso igualmente importante de conceder ayuda a los que no deseen seguir vivos, sin olvidar nunca que en última instancia es el individuo el que decide y bajo circunstancias específicas.

Es posible que haya una pendiente que resulte resbaladiza, pero en dónde, no la hay. Para ello, contamos con leyes, argumentaciones y revisión de casos, con clarividencia y capacidad para determinar la respectiva acción en el caso particular de cada paciente, respetando y evitando se vulnere un derecho de alguna manera inalienable; el derecho a la libertad. Esto aunque una multitud de seres humanos no hayan disfrutado nunca de él, ni durante su vida ni a la hora de su muerte, puesto que esto no le privaría de ser un derecho reclamable. Es decir, puede tratarse de un derecho no reclamado por la mayoría, pero derecho a manifestar nuestra voluntad al fin, nuestro albedrío.

Frente a las buenas razones éticas que proclaman la santidad de los individuos, por encima de una posible santidad de sus vidas, las discusiones en las que participan los que están a favor de la eutanasia activa y los que están en su contra, se han convertido en fuente de fuertes reiteraciones y excusas acerca de la dignidad humana, donde claramente podemos percibir que en nombre de ella se nos condena, de alguna manera, al sufrimiento, esclavitud y sometimiento, limitando de esta manera nuestra libertad.

No obstante, podemos afirmar que el derecho a la eutanasia se generaría a partir del derecho a la disidencia, es decir, el derecho a tener decisiones propias, generadas, no en un nivel pre convencional en el que solo estamos atentos a nuestros caprichos, sino en algún tipo de nivel post convencional que asume las normas en cuanto superan nuestras pruebas filosóficas respecto a su deseabilidad.

Defender la eutanasia es, por tanto, defender no solo el derecho a cualquier tipo de libertad, cualquier ausencia de restricciones, sino defender una libertad profunda que nace de la autorreflexión y el auto contento.

Si toda la historia de los derechos es una historia del andar inseparable entre la libertad y el bienestar, esto se muestra con especial relieve en el caso de la eutanasia, en la que somos libres, respetando la libertad de los demás y buscando nuestra felicidad personal, cooperando a la de los demás. Cuanto menos, la eutanasia activa es la forma más contundente de defender lo que constituye el derecho humano más indiscutible: no sufrir inútilmente.

No tratan los defensores de la eutanasia, al igual que nosotros, defender deseos caprichosos, sino de asegurar que nuestra voluntad, fruto de nuestra reflexión, se cumpla. Y nuestra reflexión tiene dos ejes importantes: nuestra libertad y nuestro bienestar, enmarcadas socialmente de forma que no lastimen u ofendan, no supriman o menoscaben los derechos de los demás a no sufrir innecesariamente.

[1]Serrano Ruiz Calderón, José Miguel. La euthanasia, Editorial Ediciones Internacinaes Universitarias, España, 2007, pp. 88, 90.

[2] Jhon Stuart Mill, Sobre la libertad, Alianza, Madrid, 2001, p. 68

[3]Ídem.

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