Un reparto más justo del planeta

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Thania Guevara S

Una reforma fiscal verde es indispensable para lograr la prosperidad sin depender del crecimiento económico. Y en cuestiones  de redistribución, tenemos más que aprender de los filósofos que de los economistas. Este libro es una lectura obligada para los preocupados por los impuestos ecológicos,  el cambio climático y la pobreza mundial.
Giorgios Kallis.

Gracias a Editorial Trotta tenemos la oportunidad de compartir el texto de “Un reparto más justo del planeta” que cuenta con las propuestas de Thomas Pogge, Hillel Steiner y Paula Casal, con las correspondientes réplicas, dando paso a un fructífero diálogo enmarcado en 8 capítulos.

Quise iniciar esta breve entrada con la crítica hecha por Giorgio Kallis, quien es profesor del Instituto de Ciencia y Tecnología ambiental de la Universidad Autónoma de Barcelona porque considero que refleja de manera exacta el problema desarrollado por Thomas Pogge en su capítulo titulado “Propuesta de un dividendo sobre los recursos naturales”.

Pogge parte de la premisa de que “los ingresos procedentes del Dividendo deben ser usados para asegurar que todos los seres humanos puedan satisfacer sus necesidades básicas con dignidad”. Ya dicho esto, comenzará a desarrollar su propuesta, asegurándole a los escépticos de un cambio, que su planteamiento no es un “buen deseo” o un sueño imposible, sino que es una alternativa viable y sostenible para erradicar la pobreza mundial que se presenta como una realidad alarmante.

Debemos entender que no es suficiente ayudar a las personas que se encuentran en esta situación, sino que es nuestro deber moral evitar contribuir en que su condición se replique  y, por supueso, beneficiarnos de ella (Habrá que entender que esta réplica está dirigida a las personas de los países que no se encuentran en pobreza extrema, a aquellos que pueden, de hecho, hacer algo al respecto).

Cuando Pogge  dirige su crítica a los ciudadanos y gobiernos de países ricos que “están imponiendo un orden institucional que, de modo previsible y evitable, reproduce una pobreza seria y extensa. Los peor situados no son solamente pobres y, con frecuencia hambrientos, sino que están siendo empobrecidos y desnutridos bajo nuestros arreglos institucionales compartidos, que ineludiblemente modelan sus vidas”, porque aunque no comparten los beneficios, sí “alcanzan a compartir las cargas resultantes de la degradación de nuestro entorno natural mientras contemplan cómo los ricos distribuyen entre ellos la abundante riqueza del planeta”.

Es importante reconocer que la aplicación de dicho Dividendo (pagado por los países ricos de la UE y EUA) dista de ser un “acto de generosidad arrogante”, sino que “se limita a incorporar a nuestro sistema internacional global la reivindicación moral de los pobres de compartir los beneficios del uso de los recursos planetarios, debe ser impulsada por propuestas de iniciativa privadas enfocadas en el desarrollo. No es un asunto de “compasión”, sino de justicia.

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