El Buen Doctor

 

Por Diana Carolina Ramírez Mayoral

El buen doctor; Dr. Paul Kalanithi
El buen doctor; Dr. Paul Kalanithi

Pensar en la muerte, para muchos personas, puede llegar a ser aterrador y depresivo ante la incertidumbre de la llegada del fatídico día, aún más cuando se está cierto de una enfermedad terminal que en poco días es capaz de cambiar por completo la vida. Esto es lo que le pasa al neurocirujano Paul Kalanthi, quien se compromete consigo mismo a dejar una huella de su existencia y es así que se publica el libro: “El buen doctor”, obra que podemos conocer gracias a editorial Océano.

            A los treinta y seis años y habiendo llegado a la cima, Paul Kalanthi se encontraba viendo con asombro su propia tomografía en la que se apreciaban los pulmones plagados de tumores, la columna deformada y el hígado destruido a causa del cáncer que silenciosamente se había apoderado de su cuerpo. Sin duda, nada volvería a ser lo mismo.

            Cuando Paul cumplió los diez años sus padres lo llevaron a vivir de Nueva York a Kingman, Arizona, cambiando por completo su entorno citadino a un valle completamente desértico; su madre, marcada por las carencias que le impidieron desarrollarse como ella hubiera querido en el ámbito estudiantil, puso como prioridad número uno el que sus hijos pudieran ingresar a una prestigiosa universidad. Fue así como su madre le proveyó de todo tipo de libros, y enciclopedias para abrir su mente y la de sus hermanos en el basto mundo del saber.

            Cuando Paul estaba por titularse en literatura inglesa y biología humana, aún estaba indeciso a que dedicar su vida, mientras veía en la literatura una mejor explicación de cómo la vida se desarrollaba en la mente, encontraba en las neurociencias las directrices que manejaban al cerebro, órgano que nos define como personas.

paul-kalanithi-800            Paul centró sus estudios en literatura y filosofía para entender mejor que es lo que le da sentido a la vida explorando posiciones de autores de diferente época y nacionalidad; sus estudios en neurociencias y su trabajo en un laboratorio de resonancia magnética le llevaron a entender, aunque sea parcialmente, como el cerebro tenía la capacidad de dotar al individuo de significados que conceptualizaban lo que alcanzaba a percibir con los sentidos.

            La pregunta que rondaba en la cabeza de Paul con respecto a los conocimientos que se esforzaba en conseguir era que en qué momento estos saberes se unían, la biología, la moral, la literatura y la filosofía.

            Para resolver esta pregunta, después de titularse en historia y filosofía de la ciencia y la medicina en Cambridge, se matriculo en la escuela de medicina de Yale, donde su concepción por el origen de las ideas y de la personalidad fue cambiando poco a poco.

            En el laboratorio de anatomía los humanos perdían esa característica, los cadáveres sufrían una cosificación, reduciéndolos a conceptos como órganos, tejidos, nervios, músculos, desvirtuando la calidad humana de la que un día fueron parte. La humanidad de aquellos cuerpos que era innegable las primeras clases, se iba perdiendo conforme trascurrían los días, todo esto contribuyo a aguzar la comprensión que Paul tenía sobre la relación entre significado, vida y muerte.

            Uno de los espacios donde es más propenso preguntarse sobre la vida, la muerte y el significado de ambas es en un contexto médico, lugar donde se materializan a todo momento estos conceptos. Si bien todos los seres humanos estamos sujetos a leyes físicas y biológicas, podemos entender a las enfermedades como moléculas que no se comportan normalmente, y aunque éste metabolismo es la condición para la preservación de la vida, tenemos en la muerte la cesación natural de este trabajo.

            Y en estos conceptos de vida y muerte es que se nos va la eternidad tratando de entender las facetas que se encuentran entre una y otra, surgen los cuestionamientos sobre los parámetros que indican cuando vale la pena vivir, teniendo en cuenta la calidad y las capacidades que aún se pueden dominar.

images            Después de haber hecho estudios en neurociencia y estar a punto de terminar la residencia, Paul tenía una clara impresión de lo que se sentía estar enfermo, no obstante fue cuando su diagnóstico fue confirmado que se dio cuenta que no importaba cuantos pacientes había atendido y ayudado, cuanto había aprendido sobre los pesares que pueden recaer en el cuerpo de una persona, es hasta que pasas por eso que en realidad sabes en que consiste, y ahora él lo estaba viviendo.

            Con el cáncer consumiendo su cuerpo, Paul se encuentra ante el vivido panorama de la vida, la muerte y el significado, y entre esta línea él se ve enfrentado ante la decisión de a qué dedicará lo que le resta de vida, si a la literatura que tanto le apasionaba o a la neurocirugía por lo que se había desvivido hasta andes de que su enfermedad se presentara con nombre y plazo.

            A pesar de la desgastante carga que ahora significaba a Paul mantenerse con vida gracias a los medicamentos y terapias de rehabilitación física, encontraba la fuerza necesaria en su esposa, Lucy, compañera suya en la escuela de medicina y ahora reconocida cardióloga, y en su hija, Acadia, con quien pudo compartir sólo unos meses de su vida.

            Ante este panorama es que Paul Kalanithi nos cuenta su historia, su propia vida y como el concepto de ella fue puliéndose en sus años de estudiante de filosofía, de literatura, de medicina, como cambió cuando inició una vida en pareja con la mujer que admiraba, como se transformó el matiz luego de que sostuvo en brazos a su hija por primera vez, e incluso en la agonía que dio paso

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