El origen de la inferioridad de la mujer en el imaginario masculino

Por Rafael Rodrigo Vidal Pérez

Cada día oímos hablar más y más de expresiones como equidad de género, discriminación a la mujer, empoderamiento de la mujer, lenguaje de género, misoginia, machismo, feminismo, entre otras muchas que en lo cotidiano nos son presentadas en los periódicos, en la televisión, en las redes sociales e, inclusive, en las calles mediante protestas sociales. Todo esto ha llevado a preguntarnos, supongo yo, a más de uno o una ¿la mujer en verdad ha sido objeto de discriminación, odio o menosprecio frente al hombre? Y la respuesta inevitable tiene que ser: ¡sí! Las muestras son evidentes: en comentarios, en imágenes, en los tratos. Pero a ello no puede dejar de surgir otra pregunta fundamental ¿cuándo, cómo y por qué nació esa “inferioridad femenina” y cuál fue el motivo de su aceptación y reproducción hasta nuestros días? He aquí el dilema al que tratará de aportar respuestas el presente artículo.

unknownUn problema tan arraigado, en menor o mayor medida, en la cultura de todos los países del mundo no puede tener sus raíces en causas relativamente recientes, sino que debe hallarse en causas tan remotas que nos hacen difícil su comprensión, y más aún su comprobación documental infalible. Coloquémonos en la época en que los seres humanos no eran una especie tan distante del mono, cuando recién comenzaba su historia como ser racional, esto es, pues, el estadio inferior del salvajismo, como señalaría Friedrich Engels, siguiendo a Lewis H. Morgan.

Durante este periodo, el humano vivía aún en los árboles y escasamente descendía de ellos para explorar su entorno, lo cual no es difícil de comprender si tomamos en cuenta que en la naturaleza existía una gran cantidad de depredadores que representaban peligro para nuestros ancestros. Su preocupación inmediata no podría ser otra sino satisfacer sus necesidades vitales o instintos: en especial, la alimentación (a base de la recolección de frutos y raíces, en cuya búsqueda se corrían inmensos peligros), el apareamiento (que, al tener que ir en búsqueda de pareja, representaba igualmente un riesgo grande) y la protección o supervivencia (amenazada por el asedio constante de sus depredadores).

Así, podemos colegir que la necesidad a satisfacer en primera instancia, y que traería aparejada la posibilidad de satisfacer las otras dos, fue la protección o supervivencia. Fue de este modo como el humano, motivado por su deseo de protección, se dispuso a reunirse con otros miembros de su especie en pro de la ayuda mutua para su seguridad (“Las pasiones que inclinan a los hombres a la paz son el temor a la muerte, el deseo de las cosas que son necesarias para una vida confortable, y la esperanza de obtenerlas por medio del trabajo”, Thomas Hobbes). Y no pudo ser de otro modo, pues si es en este estadio cuando el ser humano comienza a desarrollar el lenguaje articulado, entonces éste no pudo inventarse por el individuo aislado, sino sólo de la interacción de los unos con los otros.

Reunido el humano en hordas, dado el beneficio que le otorgaba dicha agrupación, comenzó a dirigir sus esfuerzos hacia la reproducción con la finalidad de aumentar la cantidad de miembros, formando una comunidad mayor. Así pasaron nuestros antepasados de satisfacer únicamente sus deseos innatos a hacer lo propio con sus deseos adquiridos (de acuerdo con la clasificación que hace Thomas Hobbes), dado que el apareamiento transitó de ser simplemente una necesidad biológica que saciara su libido, a un medio para obtener una necesidad mayor: la seguridad para cubrir sus demás necesidades en razón del aumento de la población.

images-1Aquí se encuentra la pauta que da pie a pensar en la división del trabajo entre el hombre y la mujer: el primero se dedicó a proveer los alimentos y brindar protección al grupo, es decir, desarrollo sus habilidades con las armas y su destreza en la caza, pesca, recolección de fruto, y mucho más tarde en la agricultura y  ganadería; mientras la segunda se procuró que quedara en un lugar fijo o semifijo en el cual se evitara exponerla a los riesgos y bajo la protección del hombre.

Hay que aclarar un punto antes de continuar: no hay razón ni evidencia para suponer una superioridad innata del hombre sobre la mujer al inicio de la época que planteamos, ni siquiera una supremacía en fuerza física. Ambos vivían en los árboles, ambos eran nómadas y andaban de un lado a otro, desarrollando, o teniendo la posibilidad de desarrollar las mismas habilidades físicas y mentales. Quizá la única diferencia pronunciada entre hombre y mujer, fue su disposición natural de la mujer a ser la progenitora.

Todo lo aquí narrado no pasa en unos cuantos meses ni un par de años, sino que pasa de estadio en estadio. La costumbre de la unión por protección inicia en el estadio inferior del salvajismo, cuando lo más destacado resulta ser su forma de vida, entre trepadores y terrestres, y la invención del lenguaje; sigue avanzando por el estadio medio del salvajismo, naciendo en él la división del trabajo entre hombre y mujer, como proveedor y como procreadora, respectivamente, así como el desarrollo de la pesca, el descubrimiento del fuego y la invención de las primeras armas; esparciéndose además a lo largo de los ríos, lagos y mares. Ya en el estadio superior de esta época de la historia humana, la caza se vuelve la forma regular para la obtención de alimento, comandada casi exclusivamente por el hombre, siguiendo la idea de la división del trabajo, y se perfeccionan las armas creándose el arco y la flecha; además de que se dan los primeros intentos de residencias fijas.

Es para este momento cuando el hombre ya puede decirse que es superior físicamente a la mujer, pues su obligación de ir a conseguir el alimento logró que él desarrollara en mayor grado sus músculos, obteniendo mayor fuerza física para cumplir con sus objetivos. Mientras tanto, la mujer seguía con su papel de procreadora, sin aspirar a más, pues resultaba evidente para todos –hombres y mujeres–, que la fórmula: “a mayor cantidad de hijos, mayor seguridad”, representaba la solución a sus problemas. La época de promiscuidad en la que, relata Engels, vivió el ser humano, no puede tener otra justificación sino esta necesidad de procrear a diestra y siniestra.

El sedentarismo, iniciado más propiamente en el estadio inferior de la barbarie, trajo consigo una mayor inmovilidad para el género femenino, y con ello una desventaja en la capacidad de desarrollo muscular respecto al hombre. No obstante, la razón de la misoginia o de la discriminación o menosprecio a la mujer no se detiene en este punto. Si bien la fuerza física permitió al hombre someter a la mujer, ser él quien obtenía la riqueza le permitió tenerla bajo su mando, pues quien tiene la riqueza puede chantajear al otro, o bien, quien recibe de otro riquezas, como le causan un bien, se ve compelido a seguirle fielmente de manera voluntaria (“el objeto de los actos voluntarios de cualquier hombre es algún bien para sí mismo”, Thomas Hobbes).

De esta manera, tan sólo con estos dos factores: fuerza física y riqueza, se puede marcar el inicio de la distinción “social” entre el hombre y la mujer, y la creencia de la supremacía de fuerza muscular innata en el hombre; así mismo, la división del trabajo: hombre-proveedor y mujer-procreadora, dio origen a lo que hoy conocemos como roles de género, permaneciendo como costumbre dichos papeles.

Y, por si no han quedado bastantes convencidos, demostremos como esta tradición dio origen a algunas figuras jurídicas y algunas creencias religiosas. Si lo importante era procrear para que los nuevos hombres defendieran al grupo y proveyeran alimento y que las nuevas mujeres procrearan más hijos, el aborto resultó repudiado, pues quitaba al grupo humano la posibilidad de un aliado más. De esta división del trabajo y la misma idea de la necesidad de procreación surge el desprecio hacia la mujer trabajadora, pues no es posible que trabaje en lugar de cumplir con su papel de madre.

La monogamia y, por tanto, el castigo al adulterio dirigido en especial término a la mujer, nace de la mano con el excedente económico y la conciencia del poder de la riqueza; de las mismas causas que dieron origen a la figura de las herencias. Expliquemos más a detalle: cuando se tuvo esta conciencia del poder de la riqueza y se dio el excedente suficiente para iniciar el comercio, aquellas personas ricas buscaron que a su muerte dicha riqueza acumulada fuera destinada a sus hijos hombres (sus fieles aliados que habían podido educar a su gusto), pues ellos serían los únicos capaces de defenderlas –son los considerados fuertes, los capaces–, y si se dejase esa riqueza a la deriva los demás hombres no tardarían en querer reclamarla para sí (“Renunciar un derecho a cierta cosa es despojarse a sí mismo de la libertad de impedir a otro el beneficio del propio derecho a la cosa en cuestión”, Thomas Hobbes, y quien muere renuncia involuntariamente a todos sus derechos). Sin embargo aquí surge otro dilema ¿cómo saber quién sí es mi hijo y quién no si la mujer pudo quedar embarazada de cualquiera?, la respuesta fue la monogamia y la institución del matrimonio, naciendo en contraposición los delitos del adulterio, de la violación y de la bigamia, asegurando de esa forma que los hijos fueran propios y que no heredaran a hijos de alguien más hechos pasar por propios. Si leemos el Código de Hammurabi podemos percatarnos que desde entonces el adulterio y la violación eran delitos castigados severamente. No obstante, lo más ejemplificativo de lo que se ha dicho es la Séptima partida de Alfonso X, cuando al relatar el delito de adulterio se dice “porque del adulterio que hace el varón con otra mujer no nace daño ni deshonra a la suya [pero] del adulterio que hiciese su mujer con otro, queda el marido deshonrado recibiendo la mujer a otro en su lecho, y además porque del adulterio que hiciese ella puede venir al marido muy gran daño, pues si se empreñase de aquel con quien hizo el adulterio, vendría el hijo extraño, heredero en uno con sus hijos, lo que no ocurriría a la mujer del adulterio que el marido hiciese con otra”.

En este brevísimo recorrido histórico podemos comprobar la magnitud del problema de la inferioridad de la mujer en el imaginario masculino, pues su papel en esta vida quedó reducido a la procreación, alejada de todo asunto público, sometida por el poder de la fuerza física y de la riqueza, y castigada severamente cuando no obedecía el mandato natural, después divino y luego legal, de dar a luz a los hijos del varón, y todo cuanto resultare mal en el embarazo y hasta el nacimiento del menor, sin duda se decretó culpa de la mujer en toda ocasión donde no se encontrase explicación lógica (la infertilidad, las malformaciones del producto, el aborto, que naciera niña y no niño, entre otros).

Bibliografía:

Hobbes, Thomas. Leviatán. Ed. Sarpe, España, 1984.

Engels, Friedrich. El origen de la familia, la propiedad privada y el estado. Ed. Ediciones de Cultura Popular, México, 1984.

Código de Hammurabi.

Las siete partidas de Alfonso X “El sabio”.

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