La Universidad como efigie del medioevo en: “La Universidad epopeya medieval” de Rolando Tamayo y Salmorán

Por Rubén Rivera Hernández

abkh0_qEyKBHLqotYWDQyTl72eJkfbmt4t8yenImKBVvK0kTmF0xjctABnaLJIm9.jpegMucho se repite en algunos recintos de enseñanza pública, particularmente en las de educación básica y hasta media superior, que el Medioevo fue una época de oscurantismo, de barbarie, de ignorancia y de desconocimiento inducido; en buena medida se considera que el predominio de la iglesia como entidad gubernamental produjo un vacio cultural en el desarrollo de las civilizaciones occidentales al restringir ésta cualquier clase de descubrimiento o invención que se quisiera hacer patente. Si bien es cierto que durante la Edad Media las restricciones impuestas por la iglesia a cualquier tipo de progreso de carácter científico eran constantes, lo es también que el Medioevo no fue una época completamente adusta e ignominiosa. En particular, la época tardía de la Edad Media trajo consigo cambios sustanciales en la manera de organizar política, social, económica y culturalmente a la sociedad, que si bien se considera precaria, dio como resultado que muchos de los gremios o corporaciones gestadas entonces se convirtieran en instituciones que pasarían a la posteridad

A través de un repaso histórico inigualable, el Doctor Tamayo y Salmorán retrata auténticamente el surgimiento de la institución que hoy en día constituye un pilar fundamental para la instrucción académica en nuestro país y en todo el mundo.

unknownEn primer lugar, el maestro explica a detalle, la diferencia entre las corporaciones conformadas entre maestros y estudiantes -o sólo entre los propios maestros o los estudiantes- y el desempeño propio de la dialéctica académica; a las ya mencionadas corporaciones se les denomina universitas, mismas que pueden ser de la modalidad universitas scholarium o en el denominado universitas magistrorum; por otra parte, el decurso dialéctico alumno-enseñante se encuentra el concepto de studium. En conjunto studium y universitas, son dos conceptos que se transformaron paulatinamente hasta convertirse en la fórmula que hoy en día conocemos sencillamente como universidad.

El maestro Tamayo busca dejar muy en claro que es prácticamente incomprobable que la Universidad como institución proviniese o surgiera como resultado de la integración de las antiguas y múltiples escuelas griegas, árabes o incluso romanas desperdigadas en prácticamente todo el mundo occidental, puesto que se trata de un fenómeno único, producto de la división de los estratos sociales en gremios, figura que es típicamente medieval.

Ahora bien, la relación entre el alumno y el maestro no constituye una de supra- subordinación sino, como menciona el maestro Tamayo, una asociación corporativa. Al punto de que, en los albores de la universidad, los alumnos eran llamados por los maestros como socci, es decir, socios, a la vez que éstos eran llamados por aquéllos como dominus meus. (i.e. señor mío, como una forma de tratamiento respetuoso) (Tamayo, 51).

Los primeros grandes estudios superiores que se llevaron a cabo fueron los de Medicina y Derecho, mismos que tuvieron un gran esplendor y desarrollo en los studia de Salerno y Bolonia respectivamente. Posteriormente, las materias como las artes, la lógica, las matemáticas y la teología especulativa –como interesante antecedente de la filosofía moderna- tuvieron su auge en los studia de Paris y de Oxford, mismo que surgieron posteriormente pero que tuvieron una importancia monumental en el desarrollo de la vida académica occidental (Tamayo, 41).

La gran tradición médica que fue heredada de la cultura árabe, griega y latina –y que no siempre fue tan bien vista debido a las consideraciones de la religión con respecto a tópicos como la cirugía y la alquimia- maduró en Salerno hecho que convirtió a este sitio en el recinto más importante para la enseñanza de la medicina. Por otra parte, como sabemos, el éxito de la enseñanza del Derecho en la Universidad de Bolonia fue en gran medida gracias a los numerosos descubrimientos que se hicieron sobre fuentes historiográficas del Derecho Romano; gracias a algunos manuscritos hallados en Pisa, por ejemplo, grandes intelectuales como Irnerio, se dieron a la tarea de interpretar jurídica y filológicamente la herencia de Justiniano, con lo cual la enseñanza del Derecho Civil se convirtió en la principal herramienta para contrarrestar el predominio del Derecho canónico e, incluso, de la larga tradición jurídica de pueblos bárbaros, como el Derecho Longobardo.

Una de las figuras señalada por el maestro Tamayo que más logro captar mi atención es la de la cessatio, misma que explicaré brevemente a continuación: dado el gran impacto político y económico que tuvieron los studia en las regiones en donde se habían establecido, -en gran medida debido a la migración de numerosos estudiantes y la intensa vida que los mismos llevaban-, sus miembros comenzaron a cobrar conciencia del importante bastión social que conformaban, acción que tuvo como efectos, inter alia, que los mismos buscaran obtener protección legal en forma de ciertas garantías puesto que inicialmente tanto maestros como estudiantes eran objeto de represalias que, como señala el Doctor Tamayo, constituían una forma de autodefensa por la cual un tercero podía acusar y aprovecharse de otro individuo por el simple hecho de haber perdido una ganancia o haber sido robado. (Tamayo, 64)

maxresdefault1.jpgAsí, a través de leyes como la constitutio habita, los estudiantes se hallaban provistos de ciertas ventajas con respecto a los civiles, pues se les concedían derechos para evitar ser juzgados como el resto de las personas ante la presunción de la comisión de un acto ilícito, siendo entonces juzgados por la propia autoridad jurisdiccional del studium; inclusive algunas de las disposiciones contenidas en leyes como ésta eran bastante indulgentes con lo cual, eventualmente, los estudiantes comenzaron a abusar de su posición causando en muchos casos desorden y reyertas en tabernas o las calles. (Tamayo, 75)

La cessatio surge entonces como uno de los grandes recursos que los estudiantes y los maestros podían interponer cuando se sentían amenazados por los intereses del propio imperio o del papado. Dicha figura consistía en el cese de labores en los studia, con lo cual las universitates se retiraban de las regiones que ocupaban dejando tras de sí un vacio económico y político sumamente importante.

Insisto en la importancia de esta figura, porque hoy en día se sigue manifestando, v.gr. En nuestra Universidad, cuando han existido graves situaciones de conflicto o desacuerdo, se ha apelado al paro estudiantil o a la huelga institucional como una forma de coacción política para buscar obtener ciertas prerrogativas o garantizar el respeto y la observancia de las ya existentes; estas manifestaciones contienen desde luego ciertos claroscuros, ya que en la realidad material suelen hacer las veces de respiraderos que permiten que el volcán de la vida política se alivie de sus malestares, impidiendo así una “catastrófica” erupción

Otra de las referencias que hace el Doctor sobre la historia del surgimiento de la universidad que resulta de sumo interés es la del ars dictaminis, figura que constituye una especie de Curso de Redacción que buscaba preparar a los estudiantes para, como señala el maestro Tamayo, preparar misivas, escritos de carácter técnico-jurídico, proclamaciones, decretos y todo tipo de documentos de índole pública. El ars dictaminis se desprende como elemento práctico del curso de retórica que tanta fama tenía en los studia, particularmente en el studium boloniensis, por ser la principal materia impartida la jurisprudencia. En este punto me gustaría señalar que considero este tipo de alusiones como algo sumamente importante, pues rescatar la instrucción de este tipo sería benéfico para nuestra universidad: estudiantes de derecho no sólo doctos en leyes, sino versados en retórica, filosofía, gramática, e incluso ciencias, pues al final de cuentas el conocimiento es un gran espectro, que si bien se ha dividido para fines didácticos, conforma una unidad que se integra de la ciencia, las humanidades y las artes.

Otro punto rescatable es el ars disputandi, que se ejercitaba después de haber tomado las lectiones, como parte del método de enseñanza de las quaestiones disputatae, mismo que ponía en práctica los conocimientos sobre retórica con debates surgidos a partir de los cuestionamientos del magister, dando lugar a una espectacular esgrima de argumentos y contra-argumentos que facilitaban el aprendizaje y preparaban al alumno para su vida profesional. Insisto en este punto, ¡qué importante es seguir poniendo en práctica el legado de la Universidad Medieval! (Tamayo, 108)

En los últimos siglos de la Edad Media, en la fase de concreción de la Universidad como institución, la profesionalización de la enseñanza había alcanzado niveles incalculables: la Universidad como Epopeya occidental del Medioevo había alcanzado su lugar en la historia de la humanidad, como el más grande portento de la prevalencia de la enseñanza y la insigne razón humana sobre cualquier circunstancia política o incluso cultural, pues es siempre importante remarcar que la cultura occidental está a la vez nutrida por el helenismo, herencia de griegos, árabes y latinos a la posteridad que configuró grandes invenciones como la multicitada institución que justifica esta reflexión.

Finalmente, considero que este estudio del maestro Rolando Tamayo y Salmorán es bastante panorámico y conciso al abordar los factores fundamentales de la creación de la

universidad como producto de la edad media; los conceptos abordados fungen así como una herramienta didáctica para observar más allá de una simple diferencia espacio-temporal entre la época actual y el medioevo, pues los problemas y disputas del hombre, como narra Taylor Caldwell en voz de su efigie literaria de Cicerón, han sido y serán siempre los mismos, hecho que solicita a las nuevas generaciones hacer un repaso histórico minucioso y diligente, que permita reconocer los aciertos y errores, como una manera de solucionar nuestras propias dificultades como sociedad en la posmodernidad.

Bibliografìa:

Tamayo y Salmorán, Rolando, La universidad, epopeya medieval, Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM, Mèxico, 1987, pp. 116.

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