México y las Negociaciones Previas del TLCAN

Por Ana Laura Villanueva Lujan

530541dcc0b94A finales de la década de los 80, México se encontraba sumido en una crisis económica por lo que se buscaba resolver el problema inflacionario para evitar el colapso en las finanzas nacionales. A pesar de que el nivel de inflación ya no era de tres cifras, los números eran preocupantes y resultaban casi insostenibles. Desde la segunda mitad de 1985, la política comercial mexicana había sido sustentada en vincular a la economía nacional con los mercados internacionales y favorecer un crecimiento constante del ingreso y del empleo a través de una mayor eficiencia microeconómica. Las medidas anteriores fueron tomadas debido a que México buscaba corregir los problemas que había generado la estrategia de sustitución de importaciones que siguió después de la Segunda Guerra Mundial, la cual frenó el crecimiento del ingreso nacional a partir de la década de los setentas (Kessel y Chong-Sup 1994, 3). Así, México buscaba unirse como miembro oficial Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés).

México se inscribió oficialmente el 24 de agosto de 1986. Entre las principales razones oficiales que se ofrecieron a la opinión pública fueron que México se enfrentaba con el problema de sobrevivencia económica; que a México le preocupaba su dependencia económica con Estados Unidos y el ingreso al GATT sería una forma de diversificar las exportaciones y que las dificultades económicas, tanto internas como externas, consolidaron el consenso alrededor del proyecto (Alvear Acevedo y Ortega Vezor 1991, 161,162).

Aunque la unión al GATT significaba que México ya estaba liberalizado, carecía de reciprocidad con los países que se ostentaban como socios, así como del desarrollo de las importaciones mexicanas para aprovechar los convenios. En 1988, Carlos Salinas de Gortari se manifestó en contra de la creación de un tratado bilateral con Estados Unidos, argumentando que, dado el diferente nivel de desarrollo entre los dos países, un mercado común no proveería de ventajas para ninguno de los dos países. Asimismo, el Primer Ministro Canadiense, Brian Mulroney, había declarado su oposición a un tratado bilateral arguyendo las mismas razones que Salinas de Gortari.  (Cameron y Tomlin 2000, 59).

Sin embargo, en Febrero de 1990, la administración del presidente de México, solicitó a su homóloga Estadounidense, a cargo de George Bush, considerar la negociación para un TLC bilateral entre Estados Unidos y México.  La administración de George Bush aceptó. El primer ministro Brian Mulroney se unió a la decisión en el verano del mismo año. A finales de 1990, los tres gobiernos habían coincidido en negociar el TLCAN (Mayer 1998, 2).

 Los mandatarios de cada país iniciaron las negociaciones en mayo de 1991. Estados Unidos tenía la intención de que dichas negociaciones se realizaran a través del fast track. Según dicho procedimiento, el Congreso de los Estados Unidos otorga al Presidente autorización para negociar acuerdos comerciales con determinados países y una vez presentado al Congreso, estará sujeto a un voto de aprobación o rechazo sin enmiendas al texto (Von Bertrab 1996, 27). Igualmente, los presidentes y el primer ministro albergaban la esperanza de que las negociaciones estuvieran listas a finales de 1991 o a principios de 1992, por lo que instaron a sus negociadores a trabajar rápidamente. Sin embargo, los diferentes intereses entorpecieron la negociación pues no había posiciones claras y los comisionados no pudieron entablar las primeras pláticas en el momento deseado. La precipitación que causaba el corto plazo para terminar el acuerdo hizo que los representantes y embajadores estuvieran presionados por el tiempo y los cambiantes intereses de sus propios gobiernos, dificultando aún más la negociación. No fue sino hasta 1992 cuando las posiciones se aclararon y los negociadores pudieron comenzar a trabajar en las discrepancias (Mayer 2001, 48).

91750La idea general de lo que sería el nuevo Tratado de Libre Comercio tenía base en un tratado existente entre Estados Unidos y Canadá (CUFTA, por sus siglas en inglés). Los tres secretarios de Comercio, Carla Hills de Estados Unidos; Jaime Serra de México y Michael Wilson de Canadá, se reunieron en Toronto para iniciar con la formulación del tratado. Carla Hills, buscaba ampliar el CUFTA insistiendo en la apertura completa de los mercados de bienes, servicios e inversión; asimismo, se buscaba la inclusión de nuevos sectores productivos que se habían excluido del primer acuerdo. Michael Wilson quería evitar que en la revisión del tratado previo, Estados Unidos decidiera modificar aspectos como la solución de controversias y los mecanismos que apoyaban a la extensión de la industria canadiense (Mayer 2001).

El secretario mexicano, Jaime Serra Puche, buscaba la apertura total del mercado mexicano. No obstante, en la realidad mexicana, el país no tenía los recursos suficientes para satisfacer los ambiciosos objetivos del TLCAN.  Aunque estaba de acuerdo con Hills en hacer un acuerdo amplio, Serra dudaba sobre abrir y reformar el sistema financiero mexicano a la inversión extranjera, también limitada, en algunos aspectos, por la Constitución Mexicana (Von Bertrab 1996, 133). Esto limitó algunos puntos clave de la formulación del acuerdo al restringir la más que necesaria inversión extranjera en el país, además, evidenció la prisa de Serra y México de recuperar y fortalecer la economía nacional; al mismo tiempo, el secretario tenía que vigilar los intereses del sector privado que creó un comité especial para defenderse por medio de representantes vinculados con los negociadores mexicanos. (Mayer 2001, 53)

Aunque la razón principal para firmar un tratado de tal alcance era estabilizar el sector financiero, México buscó también mantener el orden político y convertirse en un generador de condiciones factibles para el desarrollo económico. Dicha intención se vio opacada por la desconfianza que le provocaba la liberalización al sector privado. Debía buscarse un apoyo que proporcionara garantías a largo plazo y que fueran lo suficientemente consistentes para conseguir la confianza del sector privado. El único país que lograba asegurar las condiciones necesarias era Estados Unidos. La política exterior mexicana siempre se había formulado para evitar la relación con Estados Unidos, sin embargo, tenían que hacerse cambios que permitieran, después de un largo tiempo, incorporar a las relaciones comerciales un trato cordial con él (Von Bertrab 1996, 105).

El TLCAN era el símbolo de que las relaciones comerciales con América del Norte no se retiraron. El TLC era el emblema inevitable de que las reformas económicas en México ya no podrían revertirse (Rubio 1999)  A pesar de la firma del TLCAN y las implicaciones que éste podía tener, no se puede hablar de que hubo una reestructuración total en la política económica mexicana, sino sólo algunos cambios en sectores que no sentaron las circunstancias de competitividad ideales en el mercado interno para el desarrollo económico de país.

Desde ese momento, era evidente la necesidad de México de obtener el respaldo de Estados Unidos, debido a la dependencia económica de la que era sujeto México desde esos años. Las negociaciones empezaron a influir en las consecuencias de la política y la economía nacional.  Los negociadores mexicanos consientes de la debilidad económica actuaron a la defensiva en lugar de mantenerse abiertos al diálogo y la negociación. Así, trataron de ganar beneficios con destacado ímpetu y preparación de los temas a tratarse en cada reunión. La parte negociadora mexicana trabajaba arduamente porque se sabía en desventaja frente a sus dos socios (Von Bertrab 1996, 106).

Bibliografía:

 

Alvear Acevedo, Carlos, y Alberto Ortega Vezor. 1991. TLC: Marco histórico para una negociación. México: Jus.

Cameron, Maxwell A., y Brian W. Tomlin. 2000. The Making of NAFTA. United States of America: Cornell University Press.

Kessel, Georgina, y Kim Chong-Sup. 1994. «Desgravación arancelaria y reglas de origen en el tratado trilateral de libre comercio.» En Lo negociado del TLC, de Georgina Kessel, 3. México: Mc Graw Hill.

Mayer, Frederick W. 1998. Interpreting NAFTA. New York: Columbia University Press.

Rubio, Luis. 1999. «El TLC en el desarrollo de México.» En Tres ensayos: Fobaproa, privatización y TLC, de Luis Rubio, 117-163. México: Cal y arena.

Von Bertrab, Hermann.  1996. El redescubrimiento de América. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.

 

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