Los himnos nacionales y el sentimiento mexicano

Por Rafael Rodrigo Vidal Pérez

images-1La palabra himno proviene del griego y se traduce en  la idea de una canción de alabanza a dioses o héroes.[1] Su letra es un poema, pero no de cualquier tipo. Los discursos, por muy emotivos que sean, tienen alcances limitados dado que no llegan a todas las personas por su carácter, en cierto sentido, elitista (de ello deriva que poemas como “suave patria” o “estrellas y águilas” por impresionantes que resulten, jamás podrán aspirar a ser himnos nacionales en tanto que se mantengan reservados a los adentrados en las letras). Y sólo existe un elemento para transmitir en masa y de manera comprensible los sentimientos más profundos: la música.

Un himno es, pues, un poema musicalizado. Como poema se vincula a las masas revelando sus aspiraciones y sentimientos más elevados; es dios inspirando al poeta que lo escribió, poseyéndolo, y así como él interpreta la voluntad de dios, quien pronuncia el poema es intérprete del poeta, reproduciendo dicha voluntad y transmitiendo un sentimiento similar a quien lo escucha. El lenguaje del poema es la metáfora, la expresión simbólica, el cambio en la “intención significativa”, lo cual conlleva a la idealización de la realidad, es decir, se aparta de ella para salvarnos.[2]

Como música, fiel acompañante de los poemas debido al ritmo de estos, el himno es exaltación de la realidad en la imaginación, es emoción, es control sobre los sentimientos. Esos sentimientos se desarrollan, en este caso, al interior del individuo, se interiorizan de tal modo que aspiran a desarrollar la plena conciencia de sus rasgos que lo individualizan.[3]

En resumen, un himno entendido como poema musicalizado es doblemente transmisión de sentimientos a la vez que identificación de los mismos. De ahí su función de unificación moral y cultural, porque identifica los sentimientos del individuo y porque al transmitirlos los colectiviza. Su carácter artístico y abstracto lo hacen ser atemporal, superando todas las barreras de generaciones y eventos históricos.

imagesPero el himno mexicano va más allá. A mi parecer, ese himno no intentó “afianzar el dominio de las clases dominantes” ni siquiera tanto “homogeneizar al pueblo en una nación compacta”,[4] tan es así que Santa Anna fue derrocado a los pocos años de su creación. El fin fundamental fue llegar al corazón del mexicano a través de reconocer sus valores escondidos, expresar su “yo” reprimido, recrear sus deseos no cumplidos para satisfacerlos, porque con el arte (como son el poema y la música), que trabaja en el campo de la imaginación, se vuelve posible lo que no logramos encontrar en los hechos o en los seres reales.[5]

En cuatro aspectos entendemos el sentimiento mexicano, expresado no sólo por el Himno Nacional Mexicano, sino también en canciones que en la vida popular de nuestro país se han vuelto verdaderos “himnos nacionales”, operando paralelamente al oficial. Nadie puede negar hasta el día de hoy que Agustín Lara, José Alfredo Jiménez y Juan Gabriel han sido los más relevantes cantautores en la historia de nuestra nación, casi puede asegurarse que no existe mexicano alguno que desconozca alguna de las frases enarboladas en sus canciones. Cada canción de las que hablaremos pretende, a su manera, recrear al mexicano en un mundo imaginario donde pueda ser como es: dejar de lado las apariencias permitiendo a su “ser interior” sobreponerse al “ser social” impuesto por lo menos en un mundo ideal que no tiene cabida en la realidad, esto es: la utopía.

Esos cuatro aspectos identificables en las canciones llamadas “populares” son: a) la construcción del enemigo y el enfrentamiento; b) la igualdad y las apariencias; c) la manipulación de los tiempos; y d) culto a la muerte y el sacrificio. Todos ellos unidos por dos sentimientos elementales: la soledad del mexicano y su búsqueda incansable por el significado de la vida.

Nos dice Paz que “Para el mexicano la vida es una posibilidad de chingar o ser chingado”, y es que la palabra chingar se ha reconocido como el verbo mexicano por excelencia, el cual involucra una concepción vaga y polisémica, utilizable tanto en un sentido activo como en uno pasivo. Acostumbrado a las guerras y al desorden, “el mexicano considera la vida como lucha” y no puede pensar sino en atacar o defenderse. Pero a sabiendas de su incapacidad de ataque por la escases de recursos, o bien, aun cuando sabe que existe la posibilidad de triunfo, recuerda que toda victoria obtenida cuando él inicia el ataque ha resultado en decepción ante el incumplimiento de sus fines; el mexicano termina por adoptar la postura defensiva, manteniendo una actitud amigable hasta que llega el momento de repeler cualquier agresión.[6]

La agresión implica la existencia de alguien que la cometa, esto es, un enemigo. El amigo no te ataca porque existe una relación de confianza mutua en tanto que se garantizan el apoyo en la defensa; de ahí que la traición sea el peor de los vicios entre mexicanos dado que incluso el más allegado de los amigos o el mayor de los amores, tras un ataque a traición, se convierte en el mayor de los enemigos: quien no sabe en esta vida/ la traición tan conocida/ que nos deja un mal amor. La implicación de la creación del enemigo se traduce en otorgarle una descripción apersonal y atemporal de tal manera que enemigo sea todo aquel que caiga en el supuesto. Es una especie de ley marcial que nos indica cuándo entrar al enfrentamiento y en qué momento permanecer a la defensiva. Para el mexicano, todo aquel que ose intervenir en su capacidad de autodirección es enemigo y necesariamente se configura como extraño. Ante él no queda más que estar atento a que se presente la afrenta para repudiarla: mas si osare un extraño enemigo/ profanad con su planta tu suelo/ piensa, ¡oh, patria!, querida, que el cielo/ un soldado en cada hijo te dio.

unknown-1Nuestro himno oficial da la idea de un “extraño enemigo” que se materializa como el extranjero, en abstracto. Las constantes intervenciones extranjeras ocurridas durante el siglo XIX hicieron de esta estrofa una de las más importantes. No sólo el español cometió agravios contra el mexicano provocando él mismo una independencia hasta el momento tímidamente imaginada (“Mientras el ofensor se ocultaba, sólo se abría la posibilidad de reformas; ahora, ante la clase agraviada se dibuja una eventualidad alucinante: la posibilidad del salto revolucionario”); también el francés se ganó el carácter de enemigo con la guerra de los pasteles y más tarde con el imperio de Maximiliano; igualmente Estados Unidos, considerado en un principio hermano de lucha, termina por ser un enemigo al arrebatarnos la mitad del territorio y muchos años después se reafirma en esa calidad al apoyar el golpe de Estado de Victoriano Huerta contra Madero.[7]

La idea de un enemigo interno no existe, ya porque se crea imposible, ya porque se encuentre oculto. O bien, esa idea se ve mitigada porque los medios de defensa contra él son mayores: tú me hiciste rebelde/ tú me hiciste tu enemigo/ tú que me traicionaste sin razón y sin motivo/, este orgullo que tengo no lo vas a mirar/ en el suelo tirado como una basura/ yo me quito hasta el nombre y te doy mi palabra de honor/ que de mí no te burlas. Todo mexicano está en un plano de igualdad respecto a todos los demás y lo manifiesta a través del lenguaje: las palabras sólo son ofensa cuando las pronuncia un igual tuyo. Por ello, cuando el mexicano manda a la chingada a alguien, lo reconoce como su igual.

El insulto y el chiste son las armas de igualación del mexicano, ya que ambos tratan de minimizar a quien intenta un grado de superioridad. El insulto lo ofende, y al ofenderse le demuestra al ofensor que es su igual, mientras tanto el ofendido, en su intento de no verse subyugado al ofensor responde a la agresión con otro insulto: el albur y el güeyeo entre amigos son un gran ejemplo. Todos terminamos por ser hijos de la chingada.[8] El chiste, por su parte, expone al ofendido ante todos al maximizar sus defectos, lo descubre de sus máscaras para equipararlo al resto, porque a pesar de todo a él le falta, lo que el ofensor tiene de más.

Este el punto de conexión entre la igualación y nuestra costumbre de guardar las apariencias, escondernos tras máscaras, vivir en la mentira, de la imitación ilógica. Importamos las ideas de cualquier parte del mundo que nos parezca civilizado en un intento por “igualarnos” a ellos,[9] pero no nos identificamos con ninguna y andamos peregrinando de idea en idea en sucesivos cambios que no nos llevan a ninguna parte, todo nos lleva a “la desesperación por no poder llegar a ser uno mismo”.[10] Bien manifiesta Octavio Paz, “nos movemos en la mentira con naturalidad”, la ideologizamos como forma de vida, pero a la vez buscamos destruirla: te pareces tanto a mí/ que no puede engañarme o en otro lado hoy por eso te voy a quitar lo farsante. También José Alfredo nos da luz de esta afirmación: y si quieren saber de tu pasado/ es preciso decir una mentira/ di que vienes de allá de un mundo raro/ que no sabes llorar/ que no entiendes de amor/ y que nunca has amado.

Por manipulación de los tiempos me refiero a que para el mexicano resulta posible moverse en distintos tiempos según su conveniencia “no hay un solo tiempo: todos los tiempos están vivos […] todo tiempo debe ser mantenido ¿Por qué? Porque ningún tiempo mexicano se ha cumplido aún”.[11] Desde la época de la independencia buscamos el retorno al pasado, pero no para analizarlo, sino para destruirlo y reconstruirlo tal como queríamos que hubiese sido, regresamos hasta el momento preciso en que podemos partir nuevamente salvando todas aquellas situaciones dolorosas; así, el criollo retornó hasta el momento de la conquista cuando existía posibilidad de que los españoles hubiesen perdido la batalla y revivir un pasado indígena que resultare victorioso. “El americano se niega a sí mismo, a partir de… nada”, y si partir de la nada ya es difícil, negar nuestra historia desposeyéndonos de ella resulta peligroso, ello deriva en el desconocimiento de nosotros mismos y nos hace susceptibles tanto a la imitación como a la desesperación.[12]

La destrucción del pasado llegó hasta lo más adentro del mexicano, le dio el poder de reconstruir su pasado cada que tuviere un error: ya lo pasado, pasado/ no me interesa/ ya lo sufrí y lloré/ todo quedó en el ayer, incluso reconstruirlo para perfeccionarlo nada más: yo he sufrido mucho por tu ausencia/ desde ese día hasta hoy no soy feliz/ y aunque tengo muy tranquila mi conciencia/ sé que pude haber yo hecho más por ti. La vida del mexicano se resumió en destruir el pasado, es decir, echarlo al olvido, o enfrentarlo de manera activa, y la elección fue la primera, cuestión evidente si recordamos nuestro carácter defensivo: No me amenaces, no me amenaces/ si ya fue tu destino, olvidar mi cariño/ pues agarra tu rumbo y vete/ pero no me amenaces, no me amenazas/ ya juega tu suerte, ahí traes la baraja/ y yo tengo los ases. Se busca evitar todo contacto de nuevo con ese pasado doloroso: camino de Guanajuato/ que pasas por tantos pueblos/ no pases por Salamanca/ que ahí me hiere el recuerdo/ vete rodeando vereda/ no pases porque me muero.

El futuro no es importante para el mexicano porque puede modificarse a través de la reconstrucción del pasado. El futuro es aún más irrelevante cuando nos acerca poco a poco a la muerte.

La muerte es uno de los temas más comunes en la cultura popular mexicana y la música no excluye el tema, más aún, la explica. La irrelevancia de la vida es característica en el discurso mexicano; no le interesa vivir porque la vida terrenal no expresa significado alguno en su mente, el mundo real es dolor, pesadez, desesperación, ausencia, soledad: no vale nada la vida/ la vida no vale nada/ comienza siempre llorando/ y así llorando se acaba/ por eso es que en este mundo/ la vida no vale nada. Y al carecer de toda significación nuestra vida, cuando fallamos en reconstruir el pasado, no esperamos la muerte pacientemente sino que la buscamos: por la lejana montaña/ va cabalgando un jinete/ vaga solito en el mundo/ y va deseando la muerte, o: arráncame la vida, con el último beso de amor/ arráncala, toma mi corazón, arráncame la vida…

A ello atiende la última y más importante característica del comportamiento pasivo del mexicano –además de la defensa y el encubrimiento tras la mentira–, el sacrificio. Pareciera que cuando el criollo destruye su pasado español y retoma el pasado indígena, surge una mezcolanza entre el cristianismo colonial y su idea de la vida después de la muerte, con un rasgo de la religión azteca que mantuvo siempre impresionado a los españoles: el sacrificio para agradar a los dioses. De este modo, la insignificancia de la vida se salva con la muerte, diría Carlos Fuentes; la existencia se vuelve la “desesperación por no poder morir”, diría Luis Villoro. El reino de los cielos y la anhelada vida después de la muerte sólo puede ganarse con el sacrificio del mexicano en el mundo terrenal, así la vida se convierte en una lucha de resistencia contra todos y contra todo, porque no existe mayor sacrificio que permanecer en este mundo sin sentido.

El sacrificio no siempre se espera, en ocasiones hasta se busca, nos victimizamos todo el tiempo para ganar poco a poco nuestro paso al cielo, ahí es donde se encuentra la patria prometida, donde su eterno destino ha sido escrito por el dedo de Dios; la patria ahí nos esperará, pero nos exige un sacrificio: antes, patria, que inermes tus hijos/ bajo el yugo su cuello dobleguen/ tus campiñas con sangre se rieguen/ sobre sangre se estampe su pie.

El cielo se recrea como un espacio mítico, la verdadera utopía a la que sólo la muerte nos lleva; un mito no fácilmente destruible porque nadie puede volver de ella para desmentirlo. Por eso los entes que habitan el cielo se vuelven los personajes principales en algunas canciones, la Luna, el Sol y las Nubes se nos presentan como omnipotentes, omnipresentes e inalcanzables por lo que sólo ellos nos pueden apoyar en lo que nadie más puede: los males sentimentales. Luna, tú que lo ves/ dile cuanto es que sufroTú y las nubes me vuelven loco/ tú y las nubes me van a matar/ yo pa’ arriba volteo muy poco/ tú pa’ abajo no sabes mirar… La muerte nos trae dolor a los que nos quedamos porque no nos llevó también a nosotros, quienes se atormentan gritándole “llévame a mí” son egoístas porque quieren la patria prometida para sí; pero al fin, al ser ignorados por la muerte, sólo nos queda el anhelo de pronto llegar a ese lugar: soledad, eso es todo lo que tengo ahora y tus recuerdos/ me hacen más, triste la angustia de vivir pensando como siempre en ti… Amor eterno, e inolvidable/ tarde o temprano/ yo voy a estar contigo/ para seguir amándonos.

En resumen, nos victimizamos en busca del cielo pues sólo con el sacrificio se puede entrar a él y darle significado a la vida. El culto a la muerte es llamarla para que esté presente entre nosotros y sea testigo de que somos víctimas en este mundo. Porque quien es víctima lo es en función de recibir un agravio del que forzosamente deberá  defenderse, así, mientras más víctima seamos mayor será la defensa y mayor aún será la valentía de vivir. ¿Quién podría negarle el derecho a ser feliz en la vida celestial a quien tanto ha sufrido en el mundo terrenal? Nadie, apelamos a la compasión de la muerte, pero como su imagen es fría la convertimos en la virgen (al fin de cuentas ambas son mujeres), ella no ve nuestro sufrimiento pero escucha nuestras constantes quejas transmitidas mediante las plegarias porque su imagen es más solemne.

Tanto la invocación a la muerte como la plegaria a la virgen resultan constantes porque el sacrificio no necesariamente debe ser brusco como cuando los aztecas le sacaban el corazón al sacrificado; el sacrificio en nuestro México representa el aguantar la vida, evitar ser chingado, para poder decir ya chingué, dijo el arriero en aquella famosa canción: que no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar; ¿a dónde? A la utopía, a la patria prometida, donde con  dinero o sin dinero, el sacrificado puede hacer siempre lo que quiera  y su palabra es la ley, sin trono, sin reina, pero al fin de cuentas el rey que decreta su futuro, su único dueño de ahora en adelante.

Quizá este no es el estudio más serio respecto al tema, pero mi finalidad era hacer patente que para descifrar la mexicanidad, la palabra del mexicano no tiene valor alguno, lo que habla es irrelevante frente a sus actos. Acostumbrados a vivir bajo la máscara de la mentira, sólo lo que callamos es nuestra esencia encubierta en el silencio. El verdadero mexicano se expresa en la explosividad emotiva, en la pasión desenfrenada, en general, en aquello que las palabras callan o disimulan pero que el grito, el canto y el movimiento corporal revelan.

Resulta evidente, pues, que sólo la cultura popular puede darnos luz respecto a una idea de mexicanidad. En este sentido, hemos decidido abordarla esta vez desde la perspectiva de la canción popular mexicana caracterizada, antes que por su acompañamiento musical, por la transmisión de sentimientos del autor a sus compatriotas. Sin embargo, la música mexicana carece de un afán de reproducción en sus oyentes e intérpretes, en su lugar busca únicamente la apertura: abrirse por primera vez a los demás de tal modo que se reconozcan en él como su igual en virtud de sentimientos comunes (la soledad y la búsqueda del significado de la vida), en una pretensión festiva y no de lucha como normalmente. De ningún modo es factible la apertura sentimental en el mundo real, de ser así quedaríamos expuestos a la voluntad de los demás; por esta razón, sólo puede expresarse camuflado bajo el lenguaje simbólico del arte que nos transfiere al mundo de la utopía, donde cada uno es dueño de su destino sin espacio para cualquier tipo de intervención del otro: el único lugar en el que para el mexicano la vida cobra sentido.

[1] Mariana Bendahan, Exhortaciones. Los himnos nacionales de América Latina. Lumen México, Argentina, 2010,  p. 5.

[2] Samuel Ramos. Filosofía de la vida artística. 3ª ed., Ed. ESPASA-CALPE MEXICANA, México, 1976, pp. 110-113.

[3] Ibid, p.  116.

[4] Mariana Bendahan, op. cit., p. 3.

[5] Samuel Ramos, op. cit., p. 140.

[6] Octavio Paz. El laberinto de la soledad. 2ª ed., FCE, México, 1973, p. 28 y 70-72.

[7] Luis Villoro. El proceso ideológico de la revolución de independencia. UNAM, México, 1977, p. 54-60; 131-140 y 221-222.

[8] Carlos Fuentes. Tiempo mexicano. 2ª ed., Ed. Cuadernos de Joaquín Mortiz, México, 1972, p. 26.

[9] Ibid, p. 33.

[10] Luis Villoro, op. cit., p. 228-233.

[11] Carlos Fuentes, op. cit., p. 9.

[12] Luis Villoro, op. cit., p. 147-151.

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