Mujer, el hechizo de la liviandad (Primera Parte)

Por  Héctor Mondragón González

A ella,

«León que sí salta                                                                          

                        (en silencio cae más certero sobre la presa)»[1].

Mujer. Tenías que ser mujer, triste vida de sirvienta. Triste tú, sólo por ser tú. Basura, desecho. Barro del barro, lodo del lodo. Imagen de un error, recuerdo de la falla.

Recuerdo de la perpetuación de la especia humana.

Soy mujer, me siento a tejer con herrumbre, estoy oxidada y la lluvia me empapa. Me mojo.

Agua, chocolate, cocina, niño. Baño. Excitación. Mujer, eco de la sensualidad, vistes mi cara, te cubres con mi sangre, eres mi sangre, soy tu dios.

Callo, ante la alucinación, callo

Como dios, te ordeno y tu sangre se riega en mí.

O lloro

O soy invisible

O

que es lo mismo que 0

El cero va en las grandes sumas, vale más que 10.

mujer-libre-en-la-playaContra toda marea que suba más allá de lo que la Luna le permite, transgresora, diremos aquí que la mujer ha sido objeto de opresión: silenciada por los secretos del hombre, se ha visto amurallada por el mármol de la belleza, la inocencia y la pureza. En una segunda parte, la santidad femenina nos permitirá abordar su reflejo en el orden normativo mexicano mediante sólo algunos ejemplos, para posteriormente diferenciar algunos movimientos que intentan emancipar a la mujer, cuestión a la cual nos opondremos ferozmente. La mujer no debe emanciparse.

«…et surtout parce qu’une beauté qui a résisté à tant de corsets physiques et mentaux, à tant de contraintes, d’écrasements, d’interdits absurdes, de dogmes, d’asphyxie, de désolations, de sadisme, de conspiration du silence et d’humiliations, une telle beauté, donc, est un miracle d’héroïsme»[2].


Ideales de santidad que devienen mordaza. Diferenciada, sancionada, sellada en la vagina: resultado de las reglas que le impuso el hombre, la mujer no es humana ni divina, santa.

Su santidad ha sido el velo que ha tenido que portar para protegerse de ella, y más aún, de los demás. Tan sagrada es, que debe ser preservada a toda costa. Se le encapsula, se le preserva, como pieza de museo.

  • El mito creó al mito. Mientras el hombre mitifica a la mujer, como esencia de las contradicciones, sentimiento puro y “sensibilidad”, él la ha hecho así, al darle “protección”, no dejándola salir de sus actividades domésticas. Al obligarla a no trabajar más que en el hogar, se le ha impedido el acceso a otros mundos, El hombre, en cambio, sale, camina, respira de otros. Llega y ve a su esposa, encadenada a su obligación.
Esta protección entraña una violencia simbólica, se le priva de una vida, para tener otra, aceptada y tolerada por muchos años bajo la falsa percepción de un hombre que proveía, como dios, ídolo al cual no debían acercarse por temor y por reverencia.

La protección antedicha radica en la preservación de la belleza. Como “obra de arte”, (la mujer es arte), se debe conservar su esencia ¿Qué es la belleza? La belleza es el velo que cubre a una mujer; mística, magia. Es la fragilidad y el silencio; la fiera agazapada. Belleza es no atreverse  a usurpar el lugar del hombre, ser «perfecta», débil, complemento y nunca núcleo. Belleza, es los pies pequeños[3].

Se preserva el silencio porque la mujer es percibida, bien apunta Castellanos, como «la encarnación de algún principio, generalmente maléfico, fundamentalmente antagónico»[4]. El hombre se protege a sí mismo protegiendo a la mujer, que es amenaza.

Belleza es también «inocencia», es decir, sin ciencia. Alejada de la vida, la mujer debe ser el rincón del hombre.

tumblr_static_tumblr_static_5zh8vq95v688wooscso8ccw0c_640.jpgLa misma Castellanos, después de poner un extracto sobre la pureza en Virginia Woolf, dice: «¿Qué connotación? tiene la pureza en este caso? Desde luego es sinónimo de ignorancia. Una ignorancia radical, absoluta de todo lo que sucede en el mundo, pero en particular de los asuntos que se relacionan con los “hechos de la vida”… más que nada de lo que es la mujer misma»[5].

El hombre le da todo, menos el secreto, que, como Simone Weil señalaba, es una de las claves de toda opresión. La mujer se mantiene en la ignorancia de la vida, sólo conoce cuatro paredes. La maquinaria es perfecta. Es el momento en que ve al hombre como su guardián.

Si sale, es mal vista, porque está exponiendo su «femineidad», es aventurera; luego, puede dejar de ser mujer ¿Quién quiere dejar de ser mujer? Bajo la presión de la sociedad, prefiere quedarse como un objeto de la colección. Toda mujer transgresora es desterrada, como Lilith[6].

El epígrafe de esta sección da una idea heroica de la belleza; el sufrimiento, cual si se tratare de Cristo, es bello, la pasión por ser mujer (entiéndase sumisa, objeto…), por resistir es apoteótica en diminuendo. La belleza que no resiste al sufrimiento es más frágil de lo que se espera, luego, se emancipa y ya no entra, porque ya no es sumisa. La sumisión implica una fuerza y una fragilidad simultáneas. Flor y bestia: mujer que no se dobla y grita: ¡Mátame! ¡Mátame! Por favor… No me dejes. Lágrima de cristal naranja que toca el piso terroso con sangre; flor que renace del piso infértil.

Comment pourrais-tu aimer quelqu’un avec le plâtre qui t’immobilise le cœur ?[7]

Nothomb también pregunta cómo amar al amo, al que puso el yeso  ¿Por qué sucede esta contradicción? La respuesta está en la idolatría. En primer término, el hombre es sagrado, porque es, como ya vimos, inviolable; Ahora bien, dado que la mujer se siente agradecida con él, dado que le ha otorgado refugio –¡pobrecita!-, y la ha guardado en un «rincón tranquilo»[8], ella no tiene posibilidades, ni mentales (todos los cálculos han sido hechos para que ame a quien le oprime el corazón[9]), ni materiales, ya que, no puede ser solvente económicamente. Es tan bella que sólo sirve para ser bella.

Ésta última circunstancia ha cambiado con el tiempo, cuando necesitaban a las mujeres para que trabajaran, mientras el hombre estaba en la guerra; entonces, la mujer fue utilizada como máquina para que la economía no parara, explotándola aún más, en razón de que a su actividad doméstica se suma la actividad laboral; más aún cuando los salarios son tan bajos que, pese a que tenga trabajo, sigue dependiendo del hombre. Se le deja una cierta «libertad», se afloja un poco la cadena; la mujer, sin embargo, no puede aspirar a más.

Es en ese nivel, cuando la mujer puede salir un poco más, que se da cuenta de la contradicción: físicamente, de manera natural, ella puede vivir más allá de la casa. ¿Por qué me han dejado entonces en este «rincón tranquilo»? Camina, detrás del tlatoani, cual escoba, por más que quiere volar, no puede, necesita magia, necesita dejar de ser escoba. ¡Por qué! Grita, grita, y nadie escucha, mucho menos la ley.

[1] Parte de un poema, más amplio, presentado para el 3er premio nacional de poesía Alejandro Aura.

[2] NOTHOMB, Amelie,  Stupeur et tremblements.  «Y sobre todo porque una belleza que ha resistido a tantos corsés, tanto mentales como físicos, a tanta coacción, a tantos quebrantos, prohibiciones absurdas, asfixia, desolación, sadismo, conspiraciones de silencio y humillaciones, una belleza como esa es, pues, un milagro de heroísmo». (trad prop.)

[3] CASTELLANOS, Rosario. Mujer que sabe Latín, prólogo. La autora habla de que hasta los trovadores se refieren a la belleza de los pies pequeños de la mujer

[4] Ídem

[5] Íbidem.

[6] Una versión muy bien acabada de la historia de Lilith se puede encontrar en DEY, Teresa, Mujeres Transgresoras, Editorial Punto de lectura.

[7] NOTHOMB, Op. Cit. ¿Cómo podrías amar a alguien con el yeso que inmoviliza tu corazón? (Trad. prop.).

[8] Tomado del poema «No te salves» de Mario Benedetti. En efecto, el hogar es un «mar de tranquilidad» para la mujer.

[9] NOTHOMB, Op Cit.

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