DE HÉROES Y VILLANOS

Por Juan Manuel Zeferino Beltrán Cruz

thEl historiador Enrique Krauze señalaba en la introducción a su obra, “Caudillos culturales en la Revolución Mexicana”, que una característica abundante entre los biógrafos, es fascinarse “por las epopeyas individuales que llevan a la gloria o al fracaso absoluto”1. Al escribir sobre la trascendencia en la historia nacional de determinados hombres y mujeres, es común para ellos inspirarse en Aquiles o en la figura de Perseo cortando la cabeza de Medusa tras una feroz batalla. La heroicidad tiene que predominar en la imagen sobre quien se escribe; o por el contrario, es la villanía el carácter que se explota para representar a aquellos menos afortunados, que han sido señalados como los malos de la historia.

Por lo anterior, la enseñanza de la historia nacional ha tenido en México una trayectoria que forzosamente se dividió en dos caminos; hablar de quienes participaron en la construcción de nuestro país y su identidad, ha consistido en referirse a una lucha eterna entre dos grupos, cada uno homogéneo en cuanto a sus miembros: Los héroes y los villanos de nuestro país.

Comprendo los motivos para el desarrollo de esta “historia oficial”, mas no la justifico. Es comprensible que a finales de la etapa “bronca” de la Revolución Mexicana, se buscara unificar ideologías, erigir instituciones e imágenes de una sola identidad nacional, mostrarle al pueblo mexicano quiénes lucharon y contra quiénes se luchó. De manera muy similar es cómo surgió en 1929 el PNR, antecesor del PRI, como un partido que buscara aglutinar a todas las fuerzas postrevolucionarias en un solo bando, y así evitar que las transiciones electorales terminaran en levantamientos armados; y vaya que les funcionó, 70 años consecutivos detentando el poder son prueba de ello. Setenta años en los cuales, quienes ocuparon la silla presidencial (y por ende el control de la Secretaría de Educación Pública), se encargaron de crear todo un panorama histórico que mostrara como héroes a aquellos que pudieran exaltar la identidad nacional, y que “de paso”, justificaran el régimen político establecido. Es el “catecismo histórico” como lo llamó Jean Meyer en una entrevista que se le hizo2.

UnknownPor lo anterior, no resulta entonces raro que en las escuelas primarias, a la hora de hablar de Benito Juárez se empiece señalando casi religiosamente su infancia en Guelatao, como un niño indígena que cuidara de las ovejas de su tío, que se fuera a estudiar leyes en la capital de Oaxaca, y que “a base de esfuerzo y sacrificio” se convirtiera en “el mejor presidente que ha tenido nuestro país”. Como una forma de impulsar a los niños a ser mejores, y de alentarlos al esfuerzo diario, aun a pesar de cualquier dificultad, puede ser benéfico hablar así de Benito Juárez, pero no deberíamos de quedarnos en una mera historia de superación personal, menos todavía cuando este personaje representó un parteaguas en la política nacional e internacional de nuestro país, y en el contexto jurídico de su tiempo.

Muy en concordancia con lo anterior, bastantes generaciones, incluyendo la mía, contienen en el recuerdo de su educación básica, al lado del “Juárez Perseo”, la figura de un Porfirio Díaz antidemocrático, sentado en “la silla del águila” durante más de 30 años, injusto, aquel que promovió una nueva forma de colonización, por medio de las inversiones extranjeras; Porfirio Díaz, quien se describiera en múltiples ocasiones como promotor de lo extranjero (de la cultura Francesa sobre todo), cuya frase más recordada es la de “mátalos en caliente”, aplicada a todo el que estuviera en contra de su régimen. El Díaz sin corazón que demostrara su indiferencia ante el sufrimiento de los trabajadores mexicanos, como los de Yucatán y Valle Nacional, cuyas miserables vidas narrara John Kenneth Turner en su “México bárbaro”, y de quien “sólo pudo salvarnos Madero, con su revolución”.

th-3Los anteriores dos personajes son apenas un botón, una ejemplo de muchos cuya vida y obra ha sido matizada para embonar perfectamente en el mosaico de la historia oficial mexicana. Y no es que diga que son completamente falsos los perfiles descritos, no es que considere, por ejemplo, que Díaz no cometió actos de represión brutales, o que lo que sucedió en Valle Nacional fueron los inventos más alocados de un periodista estadounidense que visitó México. Me refiero, más bien, al hecho de que un verdadero análisis histórico debe de considerar todas las facetas de sus actores, aunque eso sea muy difícil de lograr.

Y dicho sea de paso, soy juarista, porque valoro la labor de Benito Juárez, su entrega y sus convicciones; y aun así considero necesario lo que dije párrafos anteriores: La imagen de Juárez debe de ser retratada con todas sus luces y contrastes. Para poder comprender a cabalidad su actuar en México, y con ello formar una auténtica opinión personal sobre él (que considero es uno de los principales fines de la Historia como ciencia), podemos empezar leyendo sobre su infancia, sí, pero yendo mucho más allá de esa etapa. Tendríamos que comprender que al lado de sus Leyes de Reforma, de su lucha contra la invasión Francesa, de su camino heroico a través del territorio nacional “con una carreta donde cargara con la soberanía de la nación”, se encuentra también la imagen de un hombre que detentó el poder por 14 años, no elegido democráticamente en la mayoría de los casos. Hay que recordar la imagen de Juárez rechazando la invitación de Maximiliano de Habsburgo (de ideas liberales como él) a unirse a su gobierno y trabajar por el país, justificando su rechazo con el argumento de la soberanía nacional que defendía; la propia imagen de un Benemérito que no se tocara el corazón, ni siquiera a pesar de aquella conmovedora carta que recibiera del poeta francés Víctor Hugo, y fusilara a Maximiliano, aún a pesar de que el efímero gobierno de este último mostró actos sensiblemente dirigidos a la estabilidad y el desarrollo social del país.

En este mismo sentido, podríamos referirnos entonces a un Porfirio Díaz que sí hizo honor a todo lo que anteriormente he señalado sobre él. Pero también, es necesario recordar (sin la intención de justificar) la época en que se encontraba, el contexto mundial donde desarrolló su gobierno. Un hombre que le apostó a conseguir bajo cualquier medio, el orden y progreso que tanto imploraba un país azotado por décadas de rebeliones y movimientos armados. Que impulsó la economía y el comercio como pocas veces se había hecho en la historia de México. El presidente que elevó la presencia de los ferrocarriles a lo largo del territorio; que a través de su política logró llegar a una reconciliación entre los diversos bandos existentes, mediante dádivas, la entrega de puestos públicos, apoyos económicos y demás; “medios sucios para llegar a fines buenos” si queremos verlo así.

Es cierto, Porfirio Díaz nunca podrá ser recordado, bajo ninguna óptica, como un presidente que lucho por la justicia social y un reparto de la riqueza del país entre todos los mexicanos; pero sí puede ser considerado como un presidente que consolido una etapa de estabilidad económica y política (lo repito, sin democracia), como nunca antes en nuestro país había existido. He ahí el debate que gira en torno a este personaje.

Juárez y Díaz, ambos seres multifacéticos, de gran importancia en el desarrollo del país; ambos, sin embargo, catalogados con un solo color, obligados por la historia oficial, a ejercer un acartonado e incompleto papel. El primero como héroe, el segundo como villano.

th-1Por eso celebro que cada día se muestre con más fuerza esa tendencia crítica y valorativa que permea en la enseñanza y la difusión de la historia de México actualmente; la humanización de los biografiados, con todo y las dificultades naturales que representa, es el camino que poco a poco irá renovando la enseñanza de la historia en las escuelas. Me da gusto ver al profesor de secundaria que se aleja de la enseñanza de la vida y obra de Benito Juárez, como aquel joven indígena que se esforzó y llegó a ser presidente, y lo demuestra con todas sus luces y sombras. O a mi propio profesor de Historia del Derecho Mexicano, cuando en su cátedra se refería a las deudas sociales que dejó la Revolución Mexicana.

Así, se presenta ante los historiadores, académicos, estudiantes y todo aquel que sienta auténtico interés por la historia, una enorme tarea a realizar. Se alcanzará, no lo dudo, y llegará el momento en que las cátedras de historia se inunden por completo de debates con razonamiento, ya no únicamente asimilando lo que está impreso en los libros. Porque hablar con un criterio amplio sobre la vida y obra de las personas, es elevarlos a un verdadero nivel prometeico.

1 Krauze, Enrique. “Caudillos culturales en la Revolución mexicana”, pág. 17
2 “El catecismohistóricodeMéxicoy sus héroes de bronce”, en http://www.educacionyculturaaz.com

Juan Manuel Zeferino Beltrán Cruz

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