Escuchar la vida: La música de la Naturaleza

Por Sergio Artemio Guillermo Valentín

La música no es únicamente un fenómeno estético (…)

es una forma de gnosis sensorial: un conocimiento –sensible, emotivo–

con capacidad de proporcionar salud: un <<conocimiento que salva>>

y que por esta razón puede poseer efectos determinantes

en nuestro carácter y destino.

 

Eugenio Trías – El canto de las sirenas

images-1En alguna ocasión escuché que la filosofía, además de todo lo que es, también puede servir para escribir sobre lo que uno ama, esta es una de las razones por las que el presente trabajo, abordará el tema pero sobre todo la pregunta ¿Qué es la música? Claro está, no se intentará responder y mucho menos cumplir con semejante tarea. No obstante, a partir de la mirada de Pascal Quignard, específicamente de Butes (pero acompañándolo con otros textos del mismo autor), se intentará hacer un acercamiento a lo que, salvo algunas excepciones, el género humano ha dejado de escuchar; es decir, los sonidos de la vida o también podría decirse: los sonidos que dan y que hacen sentir la vida y que pueden, incluso, darnos a la muerte.

Pascal Quignard es un escritor francés nacido el 23 de abril de 1948 en la localidad de Verneuil-sur-Avre. Estudió filosofía durante varios años antes de dedicar su tiempo a la música y la literatura desde la parte final de la década de los 60. Es interesante que sus cambios de planes fueron sabidos de primera mano por Emmanuel Lévinas, quien le había propuesto algún tema para su tesis. Quignard acudió a su domicilio para comunicarle la decisión: “renunciar a la filosofía, no sumergirse en la redacción de la tesis (…) no dedicarse a la enseñanza, huir de la universidad. Volver hacia la música.[1]

Es notable destacar la decisión de Quignard, ¿Quién es verdaderamente capaz de arrojarse al vacío por aquello que ama, por aquello que nos llama? Sin duda pocos personajes, y uno de ellos es a quien nuestro autor le dedica uno de sus libros: Butes. Es preciso decir que Butes es uno de esos personajes ocultos que son bastante frecuentes en la escritura de Quignard, una calidad de héroe secreto, esos que a muchos de nosotros terminan por fascinarnos.

¿Quién es Butes? En realidad se sabe muy poco de él, pero lo que se sabe es fundamental para re entender la vida misma. Butes o Boutas en griego significa el boyero, su padre se llamaba Teleón y su castillo estaba situado en Ática.[2] Lo relevante en la historia que sabemos de Butes es el desbordamiento de sí mismo en torno a aquello que le llama, pero ¿Qué es lo que le llama? Es pues, el famoso canto de las sirenas. Aquel que desviaba de sus rutas a los navegantes, aquel que hacía que se perdieran.

Ante la idea de este canto se pueden encontrar tres actitudes, las cuales se mencionarán analizando con mayor detenimiento la de Butes así como las consecuencias mismas. Es sabido que cuando los navegantes pasaban cerca de la isla en donde se hallaban las sirenas el miedo era inminente: Cirse le menciona a Ulises en La Odisea:

Unknown-14Lo primero que encuentres en ruta será a las Sirenas, (…) quien incauto se les llega y escucha, nunca más de regreso el país de sus padres verá (…) con su aguda canción las sirenas lo atraen y le dejan para siempre en sus prados; la playa está llena de huesos y de cuerpos marchitos con piel agostada[3]

Asimismo, le recomienda que lo mejor será que los navegantes que le acompañaban se taparan los oídos para no escuchar a aquellas magas y que él podía escuchar si así quería siempre y cuando sus hombres lo ataran, y si imploraba a los suyos que le suelten, te atarán todavía con más lazos[4]. Esa fue la forma en la que Ulises escuchó y gozó el canto de las Sirenas, pero sin acudir a su llamado.

Es notable añadir que en el mundo griego las Sirenas son pájaros con cabeza (y pechos) de mujer, ellas, elevando su canto con voz femenina y maravillosa acercaban hacia sí a los navegantes. Ante ello, nuestro segundo caso es el de Orfeo, quien, cuando en el barco mira a los remeros que comienzan a escuchar el canto, opta por subir de inmediato al puente del navío y se sienta ahí. Con ayuda de su cítara fabricada por él mismo en Tracia y colocando su caparazón de tortuga sobre los muslos tañe un contra-canto extremadamente rápido con el fin de rechazar la llamada de las Sirenas.[5]

Los navegantes que habían sido llamados en un inicio por el canto, dejaron de escucharlo y volvieron a sus remos; se dice que Orfeo siguió tocando al ritmo de los movimientos de las manos de éstos y de este modo el navío denominado Argos se aleja del canto anonadador de los pájaros que ofrecían sus senos. Sin embargo Butes abandona su remo, deja su banco, sube al puente y salta a la mar.

Las Sirenas truecan su naturaleza mortífera, sumergiendo en el olvido a los navegantes: asumen el carácter de incitadoras al misterio[6], lo cual es de suma importancia para la leyenda que corría desde el fin del Micénico. Marineros que morían por la atracción de un canto, de una música que entonaban los pájaros. Por un lado, ni siquiera Orfeo el Músico quiso escuchar nada de ese canto, (incluso pasó sobre él con su contra-canto) con su cítara violó el canto de las vírgenes.[7] Por el otro, Ulises fue el primero que decidió escucharlo pero tomó la precaución y el consejo de Cirse al hacer que lo atasen de las manos y pies al mástil de su navío. Sólo Butes saltó.

Al igual que Quignard, quiero llamar la atención sobre Butes. Nuestro héroe discreto que se lanza hacia el mundo en donde la vida se desarrolla: el mundo únicamente femenino que no conoce la muda como el mundo de los hombres la conoce. Butes nos da una muestra de valentía, una muestra clara que en donde el pensamiento tiene miedo, la música piensa.[8]

Butes escuchó la música que está ahí antes que la música, sin demasiadas protecciones, dejando de lado la preocupación por el dolor que podría encausarle, se arroja hacía ella, dejando en claro que en la música se escucha la vida, que en la música uno arde por querer escuchar lo que nos dice, y que incluso, la música también sirve para morir.

Unknown-13Quignard nos dice que la música que sabe “perderse” no tiene miedo del dolor, ¿Por qué la música es capaz de ir al fondo del dolor? Porque es allí donde ella mora. ¿Quién tiene el valor de llegar hasta el final del mundo de la tristeza? La música.[9] Butes se arroja al mar, sí, pero no solo “se arroja al mar”, él acude a un llamado en el cual hay que aclarar: la voz antigua de un pájaro con senos de mujer no llama a Butes por su nombre, lo llama por el pálpito de su corazón. Acude y renuncia a la sociedad de los que hablan, va hacia donde se escucha que se pronuncian sonidos mucho más apremiantes que los nombres mismos.[10]

Es claro que al arrojarse muere, no llega a la orilla. Sin la música algunos de entre nosotros morirían,[11]pero gracias a la música algunos de entre nosotros moriríamos por algo. Entonces, la música originaria es el deseo de arrojarse al agua, el deseo de morir por algo.

La música es una isla en medio del océano: esa isla a la que toda aproximación es imposible salvo perecer ahogado. Así pues, volver a la condición originaria es, indudablemente, morir.

¿Qué hay detrás del deseo de arrojarse al agua? ¿Qué hay en el fondo del deseo de sumergirse en la cosa que obsesiona; de dar un último salto; de lanzarse sin demora y decididamente en pos de lo que se ignora; de liberarse de todas las precauciones; de arrojarse a la boca del lobo; de jugar a fondo perdido?[12]

 De lo anterior podría hablarse de una imprudencia de Butes. Sí. Y de una vuelta o un impulso hacia una animalidad anterior. Se puede decir que no se resistió al anonadamiento no-humano, no-finito: in-finito. Dijo sí a la música del origen, supo responder a la llamada más antigua antes que a quien dirige la voz.

Si tomamos la enseñanza de Butes, hay que dejar de remar sobre el banco de los remeros, hay que escuchar ese llamado dejando de lado el miedo de lo que pueda ocurrir. Por la música se vive y por la música se muere, así también de la música no se vive sino que de la música se muere, pero para ello, es preciso escuchar la vida.

Quignard hace referencia a Messiaen, cuando éste escribe que: “Los pájaros son los músicos más grandes del planeta” y repetía que “pájaros y pájaras” eran los “maestros de los hombres” que representaban los “testigos naturales de la musicalidad absoluta en la evolución a lo largo del tiempo”[13] y de ello no podemos más que evidenciar una primera conclusión: el mismo Quignard nos dice que los oídos no tienen párpados, por ello los sonidos entran en nosotros de forma directa, lo cierto es que debería perderse el miedo, o mejor dicho, no tomar en cuenta los miedos de algunas consecuencias que devengan de escuchar lo originario. De escuchar la vida misma.

Oír es ser tocado a distancia,[14]es imprescindible estar conscientes de ello y de los alcances de la escucha. Así pues, hay que preguntarnos ¿a qué llamado estamos haciendo caso? en una de los escritos más bellos que tiene Quignard Le lección de la música nos cuenta la historia de  Pu Ya, un alumno de música, quien tocaba de manera inmejorable sus instrumentos, pero en su ejercicio no se encontraba la música. Después de mucho sufrimiento y gracias a escuchar su llamado, después de estar diez días en una isla, sólo oía el rumor del agua en la arena y el trino triste de los pájaros, Pu Ya se convirtió en el mejor músico del mundo.[15]

Butes se arrojó a la mar, Pu Ya, estuvo en un sufrimiento constante hasta que aprendió, más que de sus maestros, de la mar y de los pájaros, escuchó lo que muy pocos oyen. Ambos en la misma situación pero con desenlaces distintos. Es preciso decir que son muy pocos los humanos que se lanzan al agua, para alcanzar la voz del agua, que sucumben ante el canto de los pájaros, ante el sonido de la vida y el misterio de la muerte. Solamente acuden algunos músicos y algunos escritores más silenciosos que los demás, señala Quignard.

Concebir la idea de lanzarnos a la mar como una necesidad, como algo que no podría no hacerse sin interferir con lo que verdaderamente somos. Los verdaderos músicos nos muestran en su arte un tiempo sin mesura humana, un tiempo sin tiempo, nos muestran o mejor dicho, nos traducen los sonidos de la naturaleza ocultos para los mortales, nos dan una señal, como Butes, para lanzarnos a la mar. Así, nos encontramos intentando alcanzar la isla (la música), pereciendo en el intento; sintiendo un arrebato por la vida y al mismo tiempo, el dolor de estar vivo.

BIBLIOGRAFÍA

  • Homero, Odisea, Gredos, Madrid, 2015.
  • Quignard, Pascal, Butes, Sexto Piso, México, 2012.
  • Quignard, Pascal, El odio a la música. Diez pequeños tratados, Andrés Bello, Santiago de Chile, 1998.
  • Quignard, Pascal, La Lección de la Música, en Relatos célebres sobre la música, de Manuel Stacey, Ed. Áltera, Barcelona, 2002,
  • Trías, Eugenio, El canto de las sirenas. Argumentos musicales, Círculo de Lectores, Barcelona, 2007.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Quignard, Pascal, Butes, Sexto Piso, México, 2012, p. 74.

[2] Quignard, op cit., p. 64.

[3] Odisea, XII, 40, 45.

[4] Idem. XII, 55.

[5] Quignard, Op. Cit., p. 9.

[6] Trías, Eugenio, El canto de las sirenas. Argumentos musicales, Círculo de Lectores, Barcelona, 2007, p.801.

[7] Quignard, op. Cit., p. 15.

[8] Ibidem, p. 16.

[9] Idem.

[10] Ibidem, p. 18.

[11] Ibidem, p. 20.

[12] Ibidem, p. 22.

[13] Íbidem, p. 27.

[14] Quignard, Pascal, El odio a la música. Diez pequeños tratados, Ed. Andrés Bello, Santiago de Chile, 1998, p.60.

[15] Quignard, Pascal, La Lección de la Música, en Relatos célebres sobre la música, de Manuel Stacey, Ed. Áltera, Barcelona, 2002, p. 60.

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