El principio de la asociación diferencial

Por María José Rezzonico

Según Sutherland: “una persona se vuelve delincuente debido a un exceso de definiciones favorables a la violación de la ley por sobre las definiciones desfavorables a imagesla violación de la ley[1]”, lo que él llama el principio de la asociación diferencial. El proceso de aprendizaje del comportamiento criminal está estrechamente relacionado por los “contactos con patrones criminales y también por aislamiento respecto de patrones anti-criminales[2]” que tienen los individuos, quienes, inevitablemente asimilan la cultura que los rodea.

La génesis de la criminalidad consiste, entonces, en el exceso de definiciones favorables a la violación de la ley penal y esas conductas criminales se aprenden en la interacción con otras personas en un proceso de comunicación. Será entonces a través del contacto con otras personas dentro de la intimidad de los grupos personales que deberá ir a buscarse su fundamentación.

Al considerar que el comportamiento criminal es aprendido, Sutherland rompe con la concepción del positivismo criminológico en cuanto niega el carácter patológico individual de la concepción desviada.

La escuela de Chicago representó un notorio progreso, en particular por su antirracismo y, por inaugurar una sociología criminal urbana mucho más razonable. Pero tuvo limitaciones importantes, pues la criminalidad que observaba era solo la de los pobres. Ellos sostenían la tesis de la “desorganización”, pues la gran ola inmigratoria —por la explosión económica— a las ciudades hizo que los mayores conflictos sucedieran allí.

Sutherland afirma que no había desorganización, sino una organización diferente. Y pretende explicar la criminología de forma más amplia que la Escuela de Chicago no reduciéndola solo a los delitos de los pobres: “Sutherland dejó en claro que la criminalidad atraviesa toda la escala social y que hay tanto delitos de pobres como de ricos y poderosos”[3].

A veces se tiene la impresión de que el discurso del orden busca hacer incuestionable el actual estado de cosas, garantizando al que está adentro y condenando a los que quedan afuera.La ley básicamente determina aquello que queda del lado de adentro y aquello que queda del lado de afuera, lo propio y lo extraño, lo permitido y lo prohibido[4].

images-3Si la afirmación del párrafo anterior es cierta, parece salir a la luz que muchas escuelas criminológicas de la historia de la humanidad colaboraron con el mantenimiento de ese orden mediante la construcción de teorías con pretensión o disfraz científico. E, incluso, han legitimado como verdadero que quienes no pertenecen al grupo que define a las reglas legales como imperativos a observar (con gracioso maniqueísmo) en todo tiempo y espacio, son criminales.

En efecto, esa trágica definición, reposa sobre las espaldas de afirmaciones tales como:

Los estudios han mostrado que el comportamiento criminal se asocia en mayor o menor medida con las patologías sociales y personales tales como la pobreza, las malas condiciones de vivienda, la residencia en barrios marginales, la falta de instalaciones recreativas, las familias inadecuadas o desmoralizadas, las deficiencias mentales, la inestabilidad emocional, y otros rasgos y condiciones[5].

Esta rotulación, ineludible para el señalado como criminal, se atenuó luego con perspectivas de sesgo más humanista como la del principio de la asociación diferencial que ponían el acento no ya en la persona delincuente, mediante técnicas propias de ciencias duras como la abstracción lógica, sino que desde una perspectiva sociológica empezaron a pensar el contexto que los contenía.

Entonces, se dejó de pensar en un sujeto (en rigor objetivado) como “hombre criminal” y empezó la preocupación por pensar en el entorno. Como señalé, la preocupación acerca del contexto humano en el que se cría y socializa un “criminal” pasó a un primer plano.

Toma forma entonces el principio de “asociación diferencial” que se refiere tanto a las “asociaciones criminales” como a las “anti criminales”. Según esta teoría el sujeto es consecuencia de su entorno, así: “El comportamiento criminal es aprendido en la interacción con otras personas en un proceso de comunicación. Esta comunicación es verbal en muchos aspectos pero incluye también a la “comunicación gestual[6]”.

images-2En un área donde las tasas delincuenciales son altas, es muy probable que un chico sociable, gregario, activo y atlético tome contacto con otros chicos en el vecindario, aprenda el comportamiento criminal de ellos y se vuelva un gangster; en el mismo barrio el chico psicopático que es aislado, introvertido e inerte puede mantenerse en su casa, no volverse conocido con los demás chicos del barrio y no tornarse un delincuente[7].

No hay duda de que la selectividad del sistema penal se inclina en primer lugar por el menos hábil, por cierto la tarea de delinquir presenta dificultades y peligros. Ahora bien, ¿son estos miserables, en estado de absoluta vulnerabilidad, a quienes estamos dispuestos a rotular de “criminales”? Seguro que es lo más cómodo, no obstante lo cual Sutherland fue el primer pensador de la historia de la criminología que denunció que los “blancos”, “rubios” y “buenos” también cometen delitos:

Sus investigaciones sobre la “criminalidad de cuello blanco” —este es un concepto creado por este autor— resultaron fundamentales por varios motivos. Uno de ellos es el de señalar para siempre como erróneas las teorías que hasta entonces seguían hablando de genes, de tests de inteligencia, de complejos psicológicos, y, en todo caso, de una anormalidad e inferioridad individual en el delincuente. Los delincuentes de cuello blanco hacían caer en ridículo todas esas teorías[8].

images-1Queda así expuesto cómo influye el entorno, la selectividad de las agencias policiales y la complicidad de las clases medias y altas, las cuales de momento pueden seguir tranquilas que mientras huyen inteligentemente, con las habilidades adquiridas, no van a ser atrapadas.

[1]Edwin Sutherland y Donald Cressey, “Una teoría sociológica del comportamiento criminal”, Principios de Criminología, 6ta edición, J. B. Lippincott Company, 1960, p. 78.

[2]Idem.

[3]Eugenio Raúl Zaffaroni, La cuestión Criminal, Planeta, Buenos Aires, 2011, p. 132.

[4]DaríoSztajnszrajber, Mentira la verdad, “El orden”, en:https://www.youtube.com/watch?v=xGdVlh8EEsE, visitado el 11 de octubre de 2017.

[5]Edwin Sutherland y Donald CRESSEY, op. cit., p. 74.

[6]Ibidem, p. 77.

[7]Ibidem, p. 79.

[8]Gabriel Ignacio Anitua, Historias de los pensamientos criminológicos, Didot, Ciudad de Buenos Aires, 2015, p. 348.

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