El crimen organizado a lo largo de los siglos

Por Alfredo Gutiérrez Maldonado

images-1.jpegLas primeras décadas del siglo XXI han sido traumáticas para la población de México a causa de la guerra contra el crimen organizado. Los libros de historia que se escriban a partir de ahora contarán esta etapa como una de las más violentas,  y aún estamos a la expectativa del desenlace que nos depara el futuro. Sin duda alguna, y aunque algunos no lo han percibido, no encontramos ante una coyuntura, en toda la extensión de la palabra, y ni siquiera sabemos si ya hemos visto lo peor.

Pero esta no es la primera vez que el crimen organizado aprovecha el desvanecimiento del estado de derecho mexicano. En el siglo XIX, las constantes guerras en las que se involucraba la joven nación mexicana provocaron la misma debilitación del orden estatal que permitió el empoderamiento de las bandas criminales. Porque el miserable Estado Mexicano de aquel entonces no oponía mucha  resistencia a las mínimas, y casi románticas, células criminales de antaño, y es por esta combinación de factores que me permito comparar al crimen organizado decimonónico con los poderosos carteles actuales.

A inicios del régimen porfiriano, Ignacio Manuel Altamirano relató en una novela  las condiciones en que operaban las bandas criminales durante el gobierno de Benito Juárez. “El Zarco” es de lectura obligada en la actualidad por la gran semejanza entre el presente y el pasado que se percibe en dicho texto. La organización criminal a la que pertenecía Zarco era llamada “los plateados” por su costumbre de forrar de plata sus ropas; Los criminales se paseaban en caballos robustos y operaban al sur de la actual Ciudad de México, en el Estado de México y en Morelos. Aunque el tráfico de drogas no figura en la obra, otras actividades típicas del crimen organizado ya se practicaban, incluso relata un secuestro ocurrido en Chalco que bien podría encontrarse en cualquier periódico moderno. Por el contrario, el gobierno mexicano que encabezaba Juárez, estaba quebrado, y es fácil comprender que luego de décadas de repetidas guerras y en la víspera de la llegada de Maximiliano, el crimen local era el menor de los problemas, y por ello no sorprende la descripción del ejército mexicano desarrapado, sin armas y montado en caballos flacos.

La novela de Altamirano es una ficción, pero el México que describe es muy real, y los militares franceses que invadieron México en 1863 para instaurar el Segundo Imperio se percataron de la situación; Un general francés se queja amargamente en una carta sobre la tolerancia y resignación de los mexicanos frente a las bandas criminales, y se muestra sorprendido por la facilidad con que “cinco o seis individuos llegan a aterrorizar a una población de dos o tres mil almas.”[1]El bandidaje estaba presente desde que los españoles conquistaron México, los bandidos eran una amenaza importante pero no incontrolable en la Nueva España, y hasta antes de la independencia se les había combatido con “la Acordada” que era una especie de tribunal ambulante integrada por voluntarios que procesaba delincuentes al margen del sistema judicial. La Constitución de Cádiz de 1812 terminó con la Acordada, y con la independencia la actividad criminal se desató.[2]

Por desgracia, a partir de la guerra de independencia y en todas las guerras subsecuentes, las bandas criminales se incorporaron a los diversos bandos y facciones que se disputaron el poder a lo largo del siglo XIX, lo que hizo de muchos bandidos “notables patriotas”.

images.jpegAdemás, tanto los gobiernos locales como el Gobierno Federal temían que una policía fuerte fuera empleada para empoderar a los gobernantes locales o municipales, o para centralizar el poder de la Federación. Así que el nivel local y Federal nunca lograron ponerse de acuerdo, y nunca hubo proyectos serios para crear verdaderos cuerpos de seguridad pública; algo muy parecido a lo que ocurre en la actualidad.

No fue sino hasta que la generación de la “Reforma” controló el País que se iniciaron nuevos proyectos para dotar de policías a las principales vías de comunicación de México. Así, el entonces Ministro de Guerra, General Ignacio Zaragoza, conformó las primeras cinco agrupaciones de “rurales” a cargo de la Federación en 1861,[3]y a partir de entonces, y salvo algunas excepciones, los rurales dieron auténticas muestras de valor y eficiencia como la primer policía estable del País.

 Sin embargo, el relativo éxito de los rurales se debió a su peculiar conformación, ya que dentro de las fuerzas rurales podían encontrarse desde caudillos locales con todo y sus ejércitos personales hasta ex-bandidos. Efectivamente, durante la guerra contra el imperio de Maximiliano, tanto el ejército republicano como el imperial habían reclutado criminales para engrosar sus filas. Pero cuando la guerra terminó, no resulto viable para el gobierno republicano licenciar a todos esos criminales, porque evidentemente volverían a cometer crímenes. ¿Cuál fue la solución? Dadas las circunstancias, y como consideración por sus servicios prestados a la Nación, se les incorporó a las fuerzas rurales.

Ese fue el fin de la etapa más turbulenta de la historia de México, y dio paso al régimen de Porfirio Díaz, quien desarrolló a las fuerzas rurales hasta convertirlas en una estupenda fuerza de choque. Primero, porque algunos de esos rurales lo habían apoyado en las revueltas que lo llevaron al poder, y además, porque Díaz estaba convencido de que convenía más tener ocupados a los criminales en las fuerzas de seguridad, que tratar de eliminarlos.[4]A lo largo del régimen porfiriano el crimen organizado siguió provocando problemas en el territorio nacional, pero no se puede negar que los bandidos disminuyeron en esta etapa. Todo, seguramente, a causa de que Díaz terminó institucionalizando al crimen en la forma de los rurales. Finalmente, con un ambiente de relativa paz, con un estado de derecho más sólido, y con la mayor parte del pueblo esclavizado, disminuyó el crimen organizado. El único problema es que Díaz no tomó en cuenta que los rurales seguirían abusando del pueblo, pero de forma “institucional”, porque no se preocupó por contener sus excesos, y así, le dio al pueblo una razón más para ir a la Revolución.

El crimen, y la asociación de los criminales para delinquir a gran escala es un fenómeno normal en cualquier sociedad, y su poder puede crecer incontrolablemente si el Estado no cuenta con los recursos para hacerle frente, como en el siglo XIX, o bien si el negocio que lo nutre es lo suficientemente redituable para secuestrar al Estado mismo, como en la actualidad. Lo que debemos concluir es que el crimen y la violencia se salen de control en un ambiente de impunidad y de ausencia de autoridad, por eso no debemos subestimar la importancia de garantizar un mínimo cumplimiento de la ley para inhibir las actividades criminales en la medida de lo posible.

images-2.jpegAltamirano narró en su novela una especie de “autodefensas” organizadas desde el
pueblo, mismas que terminaron con la banda de los plateados, y las elogia tanto, que parece sugerir la necesidad de la autodefensa popular. Pero los gobiernos liberales, sobre todo el de Díaz, lograron la pacificación de otra manera: manteniendo ocupados a los potenciales bandidos. Lo que quería explicar es la interesante conclusión a la que llegaron los mexicanos de hace más de siglo y medio, en el sentido de que, para terminar con la crisis de seguridad interna, había que incorporar a los bandidos a la sociedad, aunque fuera en la policía misma y a pesar del daño que habían provocado.

Fuentes:

ALTAMIRANO Ignacio Manuel, El Zarco, Instituto latinoamericano de la comunicación educativa, México, 2009.

ROEDER Ralph, Juárez y su México, Fondo de cultura económica, México.

VANDERWOOD Paul J. Los rurales mexicanos, Fondo de cultura económica.

[1]ROEDER Ralph, Juárez y su México, Fondo de cultura económica, México. P. 705.

[2]VANDERWOOD Paul J. Los rurales mexicanos, Fondo de cultura económica.

[3]Ibídem, p 38

[4]Ibídem, p 52

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